Abolengo
Cuando era niño mi abuelo materno solía llevarnos a una huerta cuya cerradura principal se abría con una gigantesca llave de metal con forma retorcida y única. A mí me gustaba mucho agarrar esa llave porque sentía en mis cortas manillas toda la magia que puede caber en un místico objeto, capaz de teletransportar a otros mundos diferentes al de diario.
Ya no recuerdo muy bien si el color de la puerta era verde, azul o ninguna de las anteriores y solo quedó así falsamente memorizado para rellenar ausencias.
El caso es que, adentro, reposaba pasiva y silenciosa una especie de selva domesticada y disponible a todas nuestras visitas vacacionales. Entrar a ese lugar siempre era como internarse en una fantasía exclusiva al apellido.
Había higos, tunas, manzanas, moras, granadas, flores, pájaros, roedores, hormigas, gusanos, mariposas y un pozo al que nunca nos dejaban acercarnos por aquello de tener que taparlo según las consecuencias del dicho popular.
En Semana Santa, mi abuela nos llevaba a cortar acelgas y espinacas para luego vendérselas a una señora que posteriormente las vendería a otras en un puestito de madera cercano a la iglesia que seguramente ahí seguirá.
Luego, por ahí cerca, con el resultado de la transacción vegetal mercantil, nos compraba un delicioso dulce de leche. Hace poco regresé a aquel lugar. Ya no había puerta sino un gran portón blanco que se habría con una llave común y sin chiste ni mínima magia.
Por dentro, solo quedaban un par de granados medio secos rodeados de maleza y tampoco hubo más pozo para que se ahogara uno. Lo que antes fue una huerta se había convertido ya solo en un terreno baldío. Mi abuelo siempre ha dicho que ahí se esconde un tesoro que no cualquiera puede encontrar. Supongo que estas letras podrían servir como una especie de mapa.
Desde que recuerdo, mi abuelo paterno usó dentadura postiza y todo el tiempo jugaba con sus artificiales y perfectos dientes, invitábame siempre a imitar sus movimientos, que para mi láctea y chimuela dentadura, resultaban medio imposibles.
A la medianoche, antes de dormir y sin que nadie lo viera, vaciaba su dentadura en un vaso de vidrio para que sus dientes pudieran descansar de tanto fingir ser reales. Como en casa no teníamos cuarto de visitas, él y yo teníamos que compartir cama, lo que entonces me parecía una buena oportunidad de convivencia si no fuera por la molesta e imprudente necesidad de dormir.
Aquella noche, yo no podía conciliar sueño alguno. En búsqueda de una almohada menos insomne, me topé con aquel vaso bajo la cama cuyo contenido había visto insólitamente tantas veces dar vueltas.
Mi abuelo supo que descubrí su secreto y de manera inmediata y, más bien imperativa, me invitó a que me pusiera ya a soñar.
La casa de mi abuela paterna siempre olía a arroz. Recuerdo que cocinaba ollas gigantes de un arroz rojo que sabía a familiaridad y que nunca, por más cantidades y personas que comiéramos, se lograba terminar.
Siempre había gatos rondando en los interiores y exteriores de la casa de mis abuelos. Los tenían de todos tipos, colores o tamaños y comúnmente había gatuelos bebés que evocaban ternura a cualquiera para justificar su existencia, quizás involuntaria, ellos también comían arroz.
Desde comienzos de mi memoria, hasta hoy, mi abuela no ha cambiado nada. Mujer fuerte con una especie de velo permanente en la cabeza, falda larga y unos zapatitos a nivel de piso, mi abuela siempre ha lucido igual.
Una vez cocinó para mí unas flautas de salchicha que yo nunca había probado y que me parecieron lo más original y sabroso que, además por supuesto del arroz, había comido en su casa.
