AMÉRICA PARA LOS (NORTE)AMERICANOS
En la historia de la humanidad hay ideas que nunca mueren, solo se transforman. En las últimas semanas, el protagonismo de la política exterior estadounidense ha sido palpable gracias a la intervención en Venezuela, y ahora a la expresa intención de hacerse de Groenlandia, territorio que, a pesar de encontrarse en América, pertenece formalmente a Dinamarca desde la segunda mitad del siglo 20. Estos hechos han provocado que se desentierre de las capas del pasado un ideario que, si bien surgió en la primera mitad del siglo 19, puede explicar bastante bien la posición imperialista de los Estados Unidos en las últimas centurias: la llamada Doctrina Monroe y el Destino Manifiesto.
Las siguientes líneas no pretenden ser un análisis geopolítico desde el presente, sino un recordatorio de cómo el pasado reaparece con dinámicas que nunca han dejado de operar y que más bien se reactualizan, estructurando la manera en que ciertos poderes (en este caso, Estados Unidos) se relacionan con el mundo.
Después de que algunas de las colonias iberoamericanas alcanzaran la independencia a inicios del siglo 19, diversas naciones de Europa alzaron la mano para mantener la hegemonía del viejo continente sobre el nuevo, especialmente cuando advertían las simientes de una nueva potencia que pretendía mantener el control del continente y lo que le siguiera: los Estados Unidos.
Naciones como Inglaterra, con intereses comerciales bien definidos en América Latina, observaron con suspicacia las acciones expansionistas del país de las barras y las estrellas, que para finales del siglo 18 y principios del 19, ya había definido a su favor los límites con Canadá, había adquirido Luisiana y tenía los ojos puestos sobre Florida y Texas, ambas posesiones españolas. En 1823 el interés estaba puesto en Cuba que, no librándose aún del dominio español, se antojaba deseable para los norteamericanos. El móvil era el mismo: bajo un ideario que años más tarde se denominó destino manifiesto, los norteamericanos se concibieron como el faro de la democracia y el republicanismo, cuya luz debían extender por todo el continente americano.
Ante este panorama, y a sabiendas de que Europa no tiraba la toalla con respecto a América (recordemos que por muchos años no se reconoció la independencia de varios países latinoamericanos), se comenzó a impulsar una política exterior que, inspirada en esta misión providencialista del Destino Manifiesto, buscó desplazar el predominio europeo en el continente de una vez y para siempre. Por ello, el presidente James Monroe aseguró en un discurso -que quedaría marcado para la posteridad- que “[…] los continentes americanos […] no podrán considerarse como campo de futura colonización por ninguna potencia europea”, mientras que se supondría “todo intento de su parte por extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad”. Estas proclamas quedarían inscritas en la historia como Doctrina Monroe, resumida en la famosa consigna “América para los americanos” que, en combinación con la misión del Destino Manifiesto, funcionarían como el pretexto perfecto para justificar su expansión e intervención ante cualquier asunto externo que amenazara su “paz y seguridad”. Así se concibió en 1847 con la intervención estadounidense en México, que se justificó bajo el argumento de mantener la paz y seguridad de los ciudadanos separatistas que habitaban Texas, pero el trasfondo es más que conocido. Ejemplos como este, hay varios.
Por ello, no es casual que en pleno 2026 estos argumentos cobren más sentido que nunca. La intervención en Venezuela se justificó bajo la óptica estadounidense por la supuesta defensa de la democracia y la seguridad del continente (no olvidar las constantes alusiones a grupos narcoterroristas). Y ahora, el interés estratégico por Groenlandia, clave por su ubicación geográfica y el control del Ártico, revelan que en efecto, hay ideas que no son superadas, solo reformuladas y actualizadas.
Aquella frase del siglo 19 “América para los americanos” -o mejor dicho, norteamericanos-, sigue funcionando como una brújula ideológica que nos ayuda a entender el porqué de muchas de las decisiones de nuestro vecino del norte en términos de política exterior.
