La llegada de Andrés Manuel López Obrador en 2018 representó un parteaguas en la política mexicana, canalizando un anhelo popular de cambio profundo bajo la bandera de la Cuarta Transformación.
Hoy, con Claudia Sheinbaum en la presidencia, ese proyecto continúa, pero no sin generar desacuerdos en sectores que originalmente lo apoyaron. Intelectuales y opinadores de izquierda que celebraron el triunfo de 2018 observan con escepticismo cómo el morenismo no adopta con fervor ideológico completo agendas como la de género. Si bien la presidenta Sheinbaum ha reivindicado símbolos progresistas, para muchas y muchos feministas su postura no termina de ser contundente.
Considero que esta cautela no es un defecto, sino una virtud estratégica. No se trata únicamente de una inclinación moderada en ciertas cuestiones de género, sino de una lectura pragmática de las prioridades nacionales.
La titánica tarea de redistribuir la riqueza y combatir las desigualdades estructurales en un plazo corto y mediano demanda una concentración férrea de los esfuerzos del Estado. Desviar el foco central hacia debates culturalmente polarizantes, por legítimos que sean, podría, en el mejor de los casos, dispersar energías y, en el peor, provocar una implosión cultural que ponga en riesgo el proyecto transformador en su conjunto.
Para ilustrar este riesgo, sin ser una comparación simétrica, vale la pena voltear al ejemplo de Brasil. Durante la primera presidencia de Lula da Silva, se trabajó con resultados aceptables en la redistribución de la riqueza, consolidando una base electoral masiva y diversa. Sin embargo, la administración de Dilma Rousseff, manteniendo en gran medida la continuidad redistributiva, emprendió de forma paralela una política de género agresiva.
Esta agenda, percibida como vanguardista por unos y como intrusiva por otros, fragmentó su vasto electorado. Un sector social, profundamente conservador en valores, se sintió violentado y abandonado, quedando en una orfandad política que lo dejó vulnerable.
Esos votantes, desencantados con la izquierda que sentían los había dejado atrás, fueron arrojados directamente a los brazos de una extrema derecha que supo capitalizar ese malestar.
El resultado fue la llegada al poder de Jair Bolsonaro, un fenómeno fascista que no solo interrumpió el proceso de transformación social, sino que abrió grietas profundas en el tejido democrático. Por esas grietas se colaron lacras como el lawfare que ya venía torpedeando a la presidenta Roussef y luego un oportunismo de derechas que se dispuso a revertir todos los avances logrados. Es innegable que se violentó el sentir de un sector del país que no quería ser dividido en guerras culturales, y el costo para el proyecto progresista fue catastrófico.
México debe observar ese espejo con mucha cautela. Nuestra realidad social es compleja y está impregnada de un conservadurismo arraigado en amplios estratos de la población, incluidos muchos que votan por Morena por su agenda económica y de justicia social. Forzar una agenda de género maximalista en este momento, por más loable que sea su objetivo último, representa un riesgo desproporcionado.
La ganancia potencial en términos de avance cultural no compensa el peligro de fracturar la coalición gobernante, alienar a millones de ciudadanos y crear las condiciones para una reacción conservadora que barra con todos los logros, tanto redistributivos como culturales, en el futuro.
La Cuarta Transformación se juega su viabilidad en demostrar que puede mejorar materialmente la vida de la gente. Ese debe ser el núcleo irrenunciable de su mandato. No entiendo la prudencia de Sheinbaum como una claudicación ideológica; más bien es la sabiduría de entender que para transformar un país primero hay que mantenerlo unido, evitando que las tensiones culturales descarrilen la principal batalla: la de la justicia económica.
El tiempo, y no la precipitación, será el mejor aliado para que los cambios sociales más profundos encuentren un terreno fértil y una aceptación duradera.
