Los que funcionan
Adquirir una rutina implica no tener que pensar tanto en lo que se tiene que hacer mañana. Nada como acostumbrarse a que los días vayan pasando para que en algún momento resulte extraño y hasta sorprendente el casi imperceptible paso del tiempo. Las rutinas implican conocer las capacidades personales porque todavía nadie, aunque quiera y suene bonito, hace más de lo que puede.
Los cuerpos y mentes son agotables, aunque no se note o al menos no dé un día a otro. Es el resultado de todas las actividades diarias, planificadas o no. Después de estar al menos ocho horas en una oficina sin hacer más que burocracia totalmente indispensable para el mundo, todavía le quedan otras dos terceras partes al día.
Lamentablemente, una de esas partes tiene que ser destinada a dormir lo mejor que se pueda, para poder ser medianamente funcional en las partes restantes. Ocho horas podrían dedicarse al ocio, es lo ideal, pero realmente quién necesita ideales.
La palabra ocio ha sido desprestigiada en una sociedad ávida de producir siempre y lo más que se pueda. No producir produce culpa. Quién necesita descansar si puede estar haciendo algo mejor como dinero para luego poderlo gastar en descansos forzosos llamados vacaciones y en visitas urgentes a un médico. ¿Qué tengo, doctor? Usted tiene ambición, pero de la buena.
El éxito no llega por añadidura, hay que echarle ganas a la vida porque, irónicamente, los sueños no se consiguen durmiendo. Ya llegará en su momento el descanso eterno para, ahora sí, quizás sin intención se pueda permanecer lo más cómodo posible sin preocuparse por esas banales cosas del cochino mundo.
Dicen que la gente ociosa tiene malos pensamientos porque las mentes ocupadas no tienen tiempo de pensar en otra cosa que no sean indicaciones del patrón. Ni que fuera tan necesario pensar en un mundo con tantas necesidades ajenas; primero lo individual y ya si sobra, lo demás. Teniendo en exceso, cualquiera es filántropo.
La cosa está en que en esa otra parte del día que no se duerme ni se trabaja algo se tiene que hacer, quizás deportes, aprender un idioma, pasear, convivir con la familia o alguna de esas bonitas actividades artístico culturales que desconectan un rato.
También se puede no hacer nada y quedarse nomás viendo el cielo, las nubes y el resto del mundo pasar como si no le hiciera falta nada, como si todo siguiera fluyendo sin la intromisión de la observadora que se sentía indispensable para su funcionamiento, el del mundo, porque acabando de hacer nada siempre se puede seguir cumpliendo con su función, la de ella.
Se trata de hacer como que algo importante se hace en la vida, si no qué chiste. Que alguien pueda recordar cómo se intentaba mejorar el mundo detrás de un escritorio, en una oficina o haciendo alguna de esas bonitas actividades artístico culturales para que otro alguien pueda desconectarse un rato de ese mundo que parece no necesitarle.
Qué ganas de tener una rutina para poderla romper de vez en cuando y hacer algo diferente, así como en los sueños. Volar, viajar, amar, brincar y poder caer sin miedo a acostumbrarse, como si no hubiera mañana ni tener que despertar de algún perseguido sueño.
Al cuerpo hay que desgastarlo siendo suficientemente funcional y produciendo lo más que se pueda, porque para eso es, para agotarlo, levantarlo, sentarlo y recostarlo, para usarlo 24 horas al día dividido en tres partes, todos los días hasta que se vuelva rutina y se refleje todo lo que se hace, lo indique el patrón o no.
Se hace lo que se puede con lo que se tiene y a veces se puede hacer nada, al menos una vez al día mientras se espera alcanzar el éxito individual echándole todas las ganas. No vaya sorprendiendo el paso del tiempo después de haber elegido ser todo lo más productivo posible y así poder agotar adecuadamente el cuerpo, volverlo ambicioso y funcional.
Mejor, que pasen las horas, los días y las rutinas hasta que no haya que pensar tanto en lo que se tiene que hacer mañana.
