Búsquedas de la memoria (I/III)
Las Memorias (Alfaguara, 2022) de Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, 1914-1999) son un ejercicio de reflexión sobre los pasos que fue dando y lo convirtieron en escritor. A cada capítulo, breves, le corresponde una reflexión sobre la materia o las herramientas que integran luego la obra.
Inicia el recorrido, como niño, con el lenguaje, aquel que fue modelando sus intereses y en el que además estaba presente la literatura y se relacionaba de manera clara con la realidad del niño, en especial con el entorno rural con el que se han vinculado los criollos del Río de la Plata como parte de su identidad, como un refuerzo de su identidad, y al que acuden con frecuencia en ese vaivén que existe entre el mundo urbano (industrial) y el campo, en el destaca la figura del gaucho como arquetipo.
En otras escrituras memorísticas del autor queda claro que no abandonaría esa relación (de ahí puede destacarse el origen de la colaboración con Borges).
En la siguiente etapa en el recorrido de Bioy, los años de crecimiento, comienzan a aparecer las amistades, algún adulto que ocupa la figura de presentador o develador de los misterios y encantos de las mujeres (por breve tiempo, pues, según confiesa, prefería ser solo él cuando trataba de buscarlas).
Las relaciones con las mujeres, relaciones muy literarias por lo que se ve en sus narraciones, ficticias o no, comienzan con la imaginación: la recreación de un niño que deja de serlo al tiempo que va descubriendo sus maneras de enamoramiento.
Son notables los intercambios que entre ficción y memoria nos presentan las lecturas, y pueden identificarse como leitmotiv de los encuentros entre hombre y mujer en la obra de Bioy Casares: la vegetación, manifiesta, por ejemplo, en una rotonda de laureles que nos lleva a algunos de esos cuentos en los que relata enamoramientos; si los vemos en clave metafórica, estos episodios pueden ser un indicio de la naturaleza libre que tienen el amor y sus formas; o del florecimiento que ocurre.
La mayor presencia, en la lectura de la formación del escritor, es la de Jorge Luis Borges; el texto que nos lo presenta consiste en una especie de prólogo del minucioso diario Borges, recopilado por más de 50 años por Bioy sobre su amistad (y puede entenderse del mismo modo frente a la amistad: un escritor en aprendizaje, frente a un maestro forjando una relación más cercana).
La fructífera colaboración inició con la escritura de una folleto promocional de productos lácteos (siempre recordado por Bioy cuando se refiere a Borges), pero pronto transitó a la imaginación y a las formas de la literatura, a las formas que evitarían y deberían evitarse en el futuro (muy al estilo de una famosa lista en la que ambos escritores, jurados de un premio de poesía, anotaban sus juicios sobre los textos concursantes) y a la lectura colectiva, con Silvina Ocampo, pareja y esposa de Bioy, en ejercicios que incluyeron la traducción, a la que se acercaron como una suerte de ejercicio literario.
Algunos recuerdos, menos relacionados con lo literario, me llevan a diversas preguntas sobre cómo se construye la memoria, la memoria que nos lleva a la nostalgia, o a lo que creemos que debe ser la nostalgia, y la relación con la felicidad que ello nos descubre, que despierta en nosotros.
En el viaje de un niño de tres años (aparte se encuentra la pregunta de si conforme las generaciones se acercaban a la llamada edad de la información la retención mnemónica se retrasaba) y su primera vista de una montaña se encuentra una pista, aún difícil de seguir en la obra de un autor cosmopolita: “a pique, parda y desnuda […]. En mi imaginación quedaron como la idea platónica de montaña. Las de Brasil, y las sierras de Córdoba me parecieron de calidad inferior, por estar cubiertas de árboles”.
En cierto modo, la escritura de Bioy Casares es un ejercicio feliz, y sus memorias intentan reflejar eso; quiero decir que se proyectan desde una edad de madurez en la que no entraron sobresaltos, una vida privilegiada podría decirse. Intentaré explorar otras formas en las semanas por venir.