En el tablero geopolítico actual, tres polos —EEUU, China y Rusia— no solo compiten por poder, sino por imponer su narrativa. Cada uno ofrece una visión del mundo radicalmente distinta: liberalismo financiero versus autoritarismo tecnocrático versus conservadurismo soberanista.
Lo más entretenido es que todos encarnan contradicciones mientras se acusan a dos manos. Y mientras estos relatos chocan, el resto del mundo navega entre sus antítesis, a veces con ironía, a veces con desesperación.
A estas alturas la agenda woke se percibe como un lujo burgués de la hegemonía occidental. Hace una década, dicha cultura —con su énfasis en derechos LGBTQ+, diversidad e inclusión— parecía imparable. Las corporaciones occidentales abrazaron el discurso con entusiasmo, no siempre genuino, pero sí rentable. Netflix, Disney y Coca Cola se convirtieron en evangelistas de la causa… hasta que el mercado les recordó que el mundo no es tan homogéneo.
China, por ejemplo, no tiene interés en el activismo LGBTQ+. Rusia lo reprime abiertamente. Y en gran parte de África y Medio Oriente la agenda woke es vista como un neocolonialismo cultural.
Así, mientras las empresas globales intentan mantener un discurso progresista para audiencias occidentales, en otros mercados prefieren el silencio estratégico. ¿Hipocresía? Quizá. O simplemente realpolitik corporativa.
El resultado es claro: la narrativa woke, lejos de universalizarse, se fragmenta. Y en un mundo multipolar, las empresas ya no pueden darse el lujo de asumir que su mensaje será bien recibido en todas partes.
Ahora, EEUU transita del libre comercio al “America First”; ingenuo será ignorar que tomarán del primero —como siempre— lo que les convenga. Si hay algo más incómodo que un predicador que no practica lo que predica, es un hegemon que renuncia a su propio evangelio.
Durante décadas, Estados Unidos fue el gran promotor del libre comercio, las finanzas globales y la desregulación. Wall Street era el templo, el dólar la moneda sagrada, y el FMI su brazo ejecutor.
Pero algo cambió. Hoy, Washington aplica subsidios a la industria nacional, bloquea fusiones estratégicas y limita exportaciones de chips a China. El proteccionismo ya no es un pecado, sino política de Estado. Y así, el mismo país que predicaba la globalización ahora acelera su fragmentación.
¿Ironía? Sin duda. Pero también pragmatismo. La competencia con China ha obligado a EEUU a elegir entre sus principios económicos y su supervivencia como potencia dominante. Y en esa disyuntiva, los principios pierden.
Durante años, el dinero fluyó sin fronteras, enriqueciendo a las oligarquías financieras mientras los Estados —especialmente los emergentes— bailaban al ritmo de los mercados. La narrativa era clara: la liberalización financiera traería prosperidad para todos. La realidad, como suele pasar, actuó con perfidia.
Hoy, con tasas de interés volátiles, deudas soberanas en alza y bancos centrales actuando como bomberos en un incendio perpetuo, el modelo muestra grietas. Incluso el FMI, otrora paladín de la austeridad, ahora admite que “algunas regulaciones son necesarias”. Vaya consuelo para los países que sufrieron sus recetas.
Pero lo más interesante es que, en este nuevo escenario, ni siquiera las élites financieras tienen claro el rumbo. ¿Seguirá el dólar como moneda hegemónica? ¿O los BRICS lograrán erosionar su dominio? ¿Podrán los países emergentes escapar del ciclo de deuda y dependencia? Las respuestas aún están en el aire.
El orden liberal que Occidente dio por sentado ya no es incuestionable. La agenda woke tropieza con límites culturales, el libre comercio se resquebraja bajo el proteccionismo y el financismo global enfrenta rebeliones desde Beijing hasta Brasilia.
En este choque de narrativas, lo único seguro es que no habrá un ganador absoluto. Solo ajustes, contradicciones y, sobre todo, mucha hipocresía en el camino. Al fin y al cabo, en la geopolítica, como en el marketing, lo importante no es la coherencia, sino la supervivencia.
