La cultura de paz: ¿realidad o ficción?
Para que la cultura de paz y/o bien la pacificación de una sociedad sea efectiva y una realidad requiere que ésta detone y promueva el bienestar, la justicia, la igualdad y el desarrollo de un pueblo. De lo contrario, solo será ficción, simulación y retórica.
La anterior tesis la sostiene en sus obras, de manera incontrovertible, el sociólogo y matemático noruego Johan Galtung, especialista en la resolución de conflictos, creador (en Oslo, Noruega) en 1959, del primer Instituto Internacional de Estudios sobre la Paz e investigador de los fenómenos de violencia en más de 40 naciones. Él clasificó la “paz” en positiva y negativa.
La paz positiva se traduce -afirma Galtung- en la capacidad del Estado/gobierno para atender las necesidades fundamentales de una sociedad. Esto no implica desconocer los conflictos y la violencia, sino al contrario, procesarlos con racionalidad y legalidad.
La paz positiva exalta el compromiso gubernamental, en alianza y acuerdo con la sociedad, para crear actitudes y valores colectivos, instituciones públicas y estructuras que ayuden a construir entornos pacíficos armónicos, que favorezcan la producción de prosperidad y bienestar.
En cambio, la paz negativa privilegia el procesamiento del conflicto como un negocio de elites políticas inmorales y perpetúan la violencia al usar métodos violentos para combatirla.
La paz negativa auspicia y enfatiza la paz de los sepulcros y estimula la economía de la violencia, la que hace posible la canalización de grandes cantidades de recursos públicos, no para eliminar y acabar con los fenómenos violentos, sino para mantenerlos vigentes.
Incluso, ésta es utilizada por muchos gobiernos, como técnica sociológica perversa para estrechar el control ciudadano, mediante la inducción del miedo, el terrorismo y la incertidumbre colectiva. Ésa se convierte, por inducción natural, en una expresión de toda administración que gobierna desde la perspectiva de la teoría del desorden.
Los procesos de evaluación para conocer si hay resultados o no en la pacificación de un pueblo, se tienen que contrastar no solo con la inversión pública aplicada en la adquisición de equipo de seguridad, armas, vehículos de guerra y aumento de policías, sino y sobre todo, qué tanto hemos avanzado en la construcción de condiciones de bienestar, justicia, igualdad y desarrollo de nuestra sociedad.
La reducción de los indicadores de violencia y de los delitos de alto impacto habrá que considerarlos solo como una de las múltiples variables (no la única) que dan sustento a la cultura de paz y a la pacificación.
La sólida cultura de paz en nuestra sociedad deberá visualizar, sí se redujeron o no, los indicadores de marginación y miseria, por una razón simple: la peor de las violencias sistémicas es la pobreza social, en la mayoría de las ocasiones alentada por la incapacidad (y en otras por mezquindad) de los gobiernos y sus élites.
Para hablar con autoridad moral sobre cultura de paz, será menester poner en contexto, igualmente, los resultados y avances que se registren en materia de crecimiento económico, generación de empleo digno, construcción de infraestructura para el desarrollo, promoción de la cultura y el mejoramiento de la calidad del sistema educativo, hoy postrado en un escenario de profunda crisis en nuestra entidad.
La pregunta obvia: ¿La adquisición de un vehículo sofisticado de guerra, como lo es un helicóptero Black Hawk, servirá para apuntalar la pacificación de la sociedad, o solo para estimular la economía de la violencia? El tiempo nos dará la respuesta.
Por lo pronto, hoy se pone en la mesa de la discusión la importancia de la paz positiva para Zacatecas, y admitir que se avanzará solo a partir de la creación de consensos ciudadanos y no desde la exclusión o la intolerancia.
Cultura de paz y la UNESCO
A finales de la década de los 80 e inicios de los 90 del siglo 20, en la encrucijada de la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento de la Rusia Socialista, la UNESCO convirtió La Cultura de Paz, en un modelo del desarrollo de las naciones del mundo.
Uno de los pilares de este paradigma es la educación de calidad y excelencia. En Zacatecas falta mucho por hacer en este ámbito.
