Pantallas apagadas, mentes encendidas
No podemos despedir el verano sin poner sobre la mesa uno de los temas de mayor urgencia en nuestro tiempo: la reciente medida en México para restringir el uso de celulares en primarias y secundarias a partir del próximo mes de noviembre.
Esto nos lleva a preguntarnos si estamos ante un freno necesario a la adicción digital o frente a una posible batalla perdida contra los algoritmos en el aula.
Te invito a reflexionar sobre este tema aquí, en Tu Espacio Digital. Toma tu café y acompáñame a analizarlo.
La decisión del gobierno mexicano se suma a la de otros 78 países que, respaldados por los informes y recomendaciones de la UNESCO, han optado por restringir o prohibir estos dispositivos en la educación básica.
La premisa internacional es clara: la presencia constante del smartphone no solo fragmenta la atención en clase, sino que deteriora la convivencia social y la salud mental de niños y adolescentes.
Los argumentos a favor de esta medida, se asocian directamente con:
● Mejora del rendimiento académico: Menor multitarea (multitasking) y mayor capacidad de atención sostenida en la clase.
● Recuperación del espacio de receso: Retorno a la interacción cara a cara, juegos físicos y socialización directa en los patios escolares.
● Reducción de riesgos digitales: Disminución de episodios de ciberacoso, grabaciones sin consentimiento y consumo no supervisado de contenidos durante la jornada escolar.
Estas ventajas no son meras intuiciones, investigaciones como las de la London School of Economics (LSE) (Louis-Philippe Beland y Richard Murphy) y estudios aplicados en países como Bélgica, España y el Reino Unido, arrojan hallazgos clave como son los siguientes:
– La sola presencia o cercanía de un smartphone (incluso en silencio o con notificaciones) interrumpe la concentración y genera el fenómeno del costo de cambio de tarea (task-switching cost).
– El informe de la UNESCO destaca que a un estudiante le puede tomar hasta 20 minutos recuperar la atención profunda en la clase tras haber sido distraído por una notificación.
– La prohibición del celular en las aulas mostró un incremento directo en los resultados académicos de las evaluaciones estandarizadas, beneficiando en mayor proporción a los alumnos con menor rendimiento o dificultades de aprendizaje.
Es importante anotar que la protección de las niñas, niños y adolescentes, así como la generación de condiciones idóneas para que se desarrollen de manera integral en un entorno seguro, no es un tema de buenos propósitos o buena voluntad: existe un marco normativo en México que tutela sus derechos.
Es por eso que, desde las instituciones, pero también como sociedad, es preciso que establezcamos como máxima prioridad su protección, a la par de un conjunto de acciones que contribuyan a mejorar su aprovechamiento académico así como su desarrollo humano y en ese propósito la restricción de los celulares, es una medida que promete ayudar.
Todo esto es cierto y urgente. Sin embargo, haríamos mal en dejar de lado un cuestionamiento que también es de fondo: ¿puede un reglamento escolar competir contra el diseño adictivo de las aplicaciones?
Prohibir el dispositivo en el aula limpia el ambiente durante la jornada, pero no inmuniza al estudiante contra la economía de la atención cuando cruza la puerta de salida.
A este contexto, se suma una profunda contradicción en el mundo de los adultos. No podemos solamente imponer a las infancias un ayuno digital y una capacidad alta de autorregulación que ni como sociedad hemos logrado consolidar.
Caemos en la paradoja de aplaudir la prohibición en las aulas mientras en casa cenamos con la pantalla al lado. Queremos estudiantes enfocados frente a la pizarra, pero alimentamos la hiperconexión desde la mesa familiar.
Es por eso que la prohibición del uso del celular debe acompañarse con las acciones orientadas a reforzar la alfabetización digital integral, continuar con la enseñanza relativa a cuestionar el funcionamiento de los algoritmos, el poder y la importancia de la protección de los datos personales y de los sesgos que existen en la vasta información que consultamos en Internet.
La meta no debe ser únicamente construir aulas aisladas de la innovación tecnológica, sino formar mentes capaces de habitarla con pensamiento crítico y en ello se requiere un trabajo conjunto entre las instituciones educativas y las familias.
La prohibición que entra en vigor en el mes de noviembre es, sin duda, un respiro necesario para la convivencia y la salud mental escolar. Sin embargo, el verdadero éxito de esta política dependerá de lo que hagamos también fuera de las aulas: en el hogar, en la agenda pública y en la conversación diaria sobre nuestra relación con la tecnología.
La escuela puede apagar las pantallas durante la jornada, pero nos toca a todos construir las condiciones para que, al encenderse de nuevo, las mentes permanezcan despiertas.
Y tú, ¿consideras que esta medida será suficiente para frenar el impacto de las redes sociales en nuestras escuelas? Cuéntame tu opinión.
Nos leemos pronto.
