El episodio de Fresnillo importa menos por la misa que por lo que revela: una frontera constitucional entre la fe de los gobernantes y la neutralidad del Estado puede cruzarse públicamente y permanecer ahí, durante días, sin que la propia institución ni la sociedad parezcan considerar urgente corregirla.
Hay imágenes que pasan desapercibidas justamente porque no parecen escandalosas. Un banner del Ayuntamiento de Fresnillo 2024-2027. Un texto sencillo: “Misa de agradecimiento, por dos años de gobierno”. Nada en esa frase suena a transgresión. Y sin embargo, ahí está el problema. Porque no lo convoca Javier Torres a título personal. Lo convoca el Ayuntamiento. Y en ese detalle mínimo, casi invisible, aparece la pregunta que debería incomodarnos: ¿en qué momento una expresión de fe personal se convierte en una expresión institucional del gobierno?
Javier Torres puede profesar cualquier religión. Puede ir a misa todos los domingos. Puede persignarse, rezar, creer. Los funcionarios tienen libertad religiosa como cualquier ciudadano, y nadie está discutiendo eso. El problema no es la misa. El problema es el uso del nombre, del logotipo y de la voz institucional del Ayuntamiento para convocar o respaldar un acto religioso. El gobierno no tiene religión, aunque quienes gobiernan sí puedan tenerla.
Conviene aclarar lo que no se está diciendo. No se cuestiona a la Iglesia, ni al sacerdote, ni a los creyentes que asistieron. No se propone expulsar la religión del espacio público. La libertad religiosa y la laicidad no son enemigas: son compañeras de cuarto. El Estado laico existe precisamente para que todas las personas puedan creer, practicar y expresar su fe sin que el gobierno haga suya una de esas creencias. La laicidad no protege al Estado de la religión. Protege a los ciudadanos de que el Estado elija una religión por ellos.
La Constitución no es una costumbre que pueda relativizarse cuando incomoda. México es una República laica. El Estado y las iglesias están separados. La libertad de conciencia está garantizada. No hace falta recitar artículos para entender lo esencial: existe una neutralidad religiosa del Estado que no depende de la buena intención de quien la ignora.
¿Es Fresnillo un error aislado o una práctica que se repite? Existe un antecedente: la celebración eucarística ofrecida por el Ayuntamiento en el marco del Día del Migrante Fresnillense, con presencia del alcalde y funcionarios.
Asistir a título personal y representar oficialmente al gobierno no son lo mismo. No hay evidencia suficiente para acusar una conducta sistemática. Pero la pregunta queda flotando: ¿estamos ante un episodio aislado o ante una frontera institucional que progresivamente se ha vuelto menos visible?
El dato incómodo es otro. La invitación permaneció publicada durante días. No apareció una rectificación pública. No hubo una crisis visible que obligara al Ayuntamiento a retirarla. No surgió una explicación institucional que modificara sustancialmente su sentido. No se observó una reacción pública suficientemente significativa para provocar una corrección institucional. Y eso, más que la misa misma, es lo que debería hacernos pensar.
Aquí está el núcleo del problema. Las instituciones no solamente se erosionan mediante grandes rupturas. También mediante pequeñas excepciones que dejan de generar alarma. “Es solamente una misa”. “Es solamente una tradición”. “No hace daño a nadie”. El problema de esas respuestas es que desplazan la discusión de qué puede hacer constitucionalmente el Estado hacia qué tan grave nos parece personalmente. Una frontera constitucional no deja de existir porque una mayoría la considere irrelevante.
Una democracia necesita reglas formales, pero también reflejos institucionales. Un funcionario puede equivocarse. Una institución saludable debería ser capaz de reconocer el error y corregirlo. La permanencia del banner resulta significativa no porque pruebe una intención religiosa, sino porque no parece haber activado ese mecanismo de autocorrección.
La vergüenza republicana es ese reflejo que hace que una autoridad se detenga antes de hacer institucional aquello que solamente corresponde a sus convicciones personales. No es miedo al castigo. Es algo más íntimo: la conciencia de que hay cosas que un gobierno simplemente no debe hacer, aunque nadie se lo impida.
El espejo no solamente apunta a Fresnillo. La pregunta es, inclusive, nacional: ¿qué tan profundamente hemos interiorizado la laicidad como principio democrático? Una sociedad puede ser profundamente religiosa y defender firmemente un Estado laico. La defensa del Estado laico no pertenece a una ideología, partido o corriente política. Es una condición de igualdad entre ciudadanos con distintas convicciones.
La indiferencia puede ser políticamente más importante que la transgresión original. Porque una institución aprende de aquello que la sociedad le permite normalizar.
Defender el Estado laico no significa combatir la religión. Significa impedir que el Estado tenga una religión.
