Estos días es mejor ser un avatar, una dirección de correo, un nickname o un alias que no ser nadie
El testimonio de la vida cotidiana se ha inclinado más hacia lo que se publica en las redes sociales virtuales que hacia aquello que prescinde de su registro. Muchos usuarios, sobre todo jóvenes, aunque no exclusivamente, mantienen una preocupación permanente por publicar lo que acontece en su vida diaria, con el afán de informarle a su comunidad inmediata que ahí andan, efectivamente, existiendo.
El problema surge cuando algunos raritos inadaptados, pese a los insistentes bombardeos, se resisten a figurar en el mundo de la virtualidad. La vida siempre se ha sostenido de testimonios y, al parecer, hoy el principal pilar de su registro es digital.
Si por algún extraño motivo alguien decide no utilizar Facebook, Instagram, TikTok, X, WhatsApp o correo electrónico, no solo tendrá que enfrentarse a un bloqueo del flujo de la comunicación cotidiana, sino que seguramente también enfrentará un juicio público por su irracional desconexión voluntaria.
Sin embargo, ir en contra del río del avance digital por convicción no necesariamente coloca a los no usuarios en el mismo sitio que ocupan quienes están alejados de la tecnología por carencia de acceso. No es lo mismo nacer en el destierro que elegir el aislamiento.
Desconectarse de lo digital equivale a desconectarse de una máquina que mantiene artificialmente funcionando la vida, aunque los signos vitales no existan sin su ayuda. Ante la falta del reconocimiento que suponen las multitudes de usuarios de la virtualidad, la identidad, la personalidad, el compañerismo y, en general, el rastro de una vida social propia parecen existir únicamente a través de los medios digitales.
Estos días es mejor ser un avatar, una dirección de correo, un nickname o un alias que no ser nadie. La pandemia terminó de demostrar que la convivencia presencial podía ser sustituida, al menos temporalmente, por una cámara, un micrófono y un buen contrato de Internet.
Otro problema con el intangible mundo virtual es que está igual o más saturado que el otro, que nomás es de agua y tierra. Esto parece dificultar bastante el reconocimiento de las pobres almas que necesitan andar exhibiendo a diario que están vivas para no terminar siendo invisibles.
Aparentemente, en ese mundillo lo que está en tendencia es lo que a más gente le interesa, aunque luego no resulta tan fácil enterarse de qué fue primero, si los seguidores o lo seguido. De tal modo que, en caso de no enterarse de lo que está en tendencia, el linchamiento social puede surgir privando a los desactualizados de participar en las importantes conversaciones marcadas por las modas virtuales.
Por fortuna existen los líderes que sí están actualizados. Podrán no saber otras cosas no tan importantes, pero al menos saben lo que significa el six seven, el mewing y cómo se puede farmear aura para entrar en la tendencia y no sentirse nadando contra la corriente como los salmones.
Para el resto de descontextualizados que no son salmones siempre queda la posibilidad de calificar esas modas de ridículas y declararse incompetentes para seguirlas. Algo parecido sucede cuando una generación se ve superada por otra y deja a los más viejos argumentando que antes todo era mejor y que las nuevas tendencias ya no tienen ningún sentido como endenantes.
En ese sentido, tal vez convenga preguntarse si no publicar nada y desconocer las tendencias también es un derecho que debería cuidarse. El ostracismo digital, lejos de considerarse un castigo, podría tomarse como una decisión voluntaria de desconectarse de una red que intenta conectarlo todo, aunque sea nomás para algunos y solo en lo virtual.
Al fin de cuentas, nadie está obligado a convertir cada instante de su vida en información pública ni a enterarse de todo lo que sucede fuera de su pequeño territorio de intereses. La gente ya tiene suficientes preocupaciones como para agregarles las que producen las vidas ajenas, cuidadosamente exhibidas para demostrar que están ocurriendo.
Lo que realmente importa es dejar testimonio de lo que sucede en la efímera vida cotidiana, no vaya siendo que los otros no se enteren de que se existe. Tal vez en eso radique la importancia de procurar volverse público y reconocido por los demás, al fin y al cabo, si no se hace pública la vida, en una de ésas, quizás nunca existió.
COLUMNA: EL SUEÑO DE LA RAZÓN
AUTOR: Israel Álvarez
CABEZA: El derecho a no existir
