El antiguo pueblo de Tlacuitlapan
Mucho se ha escrito sobre los antiguos barrios de indios de la capital zacatecana; hoy algunos de ellos son barrios típicos, como el de Mexicapan. Otros se perdieron con el paso del tiempo al absorberse por la mancha urbana y quedar sepultados por los siglos.
Pocos zacatecanos han escuchado hablar de Tlacuitlapan. Y, sin embargo, durante siglos fue uno de los pueblos de indios más importantes de la ciudad.
Hoy sus antiguos límites quedaron absorbidos por la expansión urbana y apenas sobreviven algunos vestigios de su capilla entre las calles de la colonia Pedro Ruiz González, al norte de la capital, muy cerca de Mexicapan y de lo que comúnmente conocíamos como “La Fayuca”. Quien pasa por ahí difícilmente imaginaría que, hace más de dos siglos, aquel sitio era una pequeña comunidad indígena con autoridades, celebraciones religiosas, caminos y una vida cotidiana propia.
Hace unos días, mientras revisaba un ejemplar del Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Zacatecas de principios del siglo 20, encontré la transcripción de una descripción enviada al obispo de Guadalajara en 1770 por el fraile franciscano José Castro, ministro encargado de la doctrina de Tlacuitlapan.
Una doctrina era básicamente un pequeño poblado de indígenas bajo la tutela de un fraile, quien tenía la obligación de evangelizarlos y/o administrar sus necesidades espirituales, toda vez que regía sus vidas en aspectos morales y sociales.
La solicitud del obispo requería un padrón de los “feligreses indios” de la doctrina, pero más allá de enumerar a las familias que ahí vivían —como lo requería el padrón— el franciscano realizó una descripción del pueblo.
El documento comienza describiendo la ubicación del pueblo, el cual dice “está fundado sobre lomas, y entre arroyos […] en el que están fabricadas trainta casas, que son las de sus habitantes”; según Castro, se trataba de 166 personas que en su mayoría se empleaban en los trabajos mineros como barreteros, tenateros, coheteros, picadores y “achichincles”, entre otros.
Todos ellos trabajaban desde muy temprana edad, sino en la mina, en las haciendas de plata, lo que provocaba que no vivieran más de 30 años, y asienta el fraile con cierta sorna “y los que en este ejercicio toman el estado de matrimonio, viven mucho menos”.
Destaca que la capilla principal del pueblo está dedicada a Nuestra Señora de la Concepción, a la que le hacían su fiesta el 6 de enero con vísperas cantadas, misa y procesión dentro del cementerio. De dicha capilla, muy cercana a la de Mexicapan, solo quedan fotos antiguas de sus ruinas y un muro casi derruido entre una propiedad privada, aspecto que algunos historiadores y cronistas locales han querido rescatar para la memoria urbana.
Después vienen los detalles que suelen pasar desapercibidos cuando pensamos la historia únicamente desde los monumentos o los grandes personajes. El fraile explica, por ejemplo, que los caminos eran cortos pero ásperos y pedregosos, atravesados por lomas, barrancas y arroyos. Señala que, aunque durante las lluvias algunos puentes podían dificultar el paso por unas horas, el tránsito nunca quedaba completamente interrumpido. También registra cuánto producían los entierros, bautismos y matrimonios, así como las distancias que separaban a la cabecera de los distintos puntos de la doctrina.
El pueblo también contaba con otra pequeña capilla en donde se veneraba la imagen de un Cristo crucificado al que llamaban de la Vera Cruz, al que le atribuían muchas propiedades curativas.
Esta capilla se encontraba apenas a 25 pasos de distancia del convento de San Francisco (hoy museo Rafael Coronel) y de éste pequeño oratorio salía la famosísima procesión del Jueves Santo, donde los indígenas de los pueblos cercanos sacaban todas las imágenes de Cristos crucificados de esa y otras capillas cercanas.
Podría parecer información rutinaria. Sin embargo, para quienes investigamos el pasado, estos documentos son extraordinarios porque permiten reconstruir la vida cotidiana de comunidades que prácticamente desaparecieron del mapa.
Con frecuencia pensamos que el patrimonio histórico son únicamente los grandes templos, las grandes casonas o las plazas monumentales. Pero existe otro patrimonio, mucho más discreto, el de los pueblos cuyos nombres apenas sobreviven en algunos documentos, en el recuerdo de unas cuantas personas, o en las ruinas escondidas en algún predio. Tlacuitlapan es uno de ellos.
*Maestra en Estética y Arte
