Gianni Infantino en Qatar, hace cuatro años, pidió al mundo no politizar el futbol. Lo hizo con la solemnidad de quien defiende un valor universal: que el deporte debe unirnos y estar por encima de nuestras diferencias. Cuatro años después, la propia FIFA entregaba el Premio de la Paz a Donald Trump. La FIFA no había eliminado la política del futbol. Había decidido qué política podía entrar al estadio.
El organismo rector del futbol puede reunirse con jefes de Estado, entregar reconocimientos políticos, negociar con gobiernos leyes fiscales y utilizar un Mundial como instrumento de legitimidad internacional. Pero cuando un periodista, un futbolista o una afición expresan una postura incómoda, entonces aparece el llamado a “no politizar el deporte”. La neutralidad deja de ser un principio y se convierte en un mecanismo de control.
El Mundial siempre ha sido político. Las sedes son decisiones geopolíticas. Los gobiernos buscan legitimidad. Los países proyectan identidad. Los patrocinadores compran influencia. Cuando un gobierno autoritario utiliza el futbol para lavar su imagen, la FIFA no protesta. Cuando un gobierno maltrata a una delegación que es rival, no deportivo sino geopolítico, la FIFA no interviene o lo hace con una impotencia que pocos le creen.
Pero cuando un jugador alza una voz crítica, un periodista hace una pregunta incómoda, cuando una afición corea un mensaje disidente, entonces el manual se activa: “No mezclemos política y deporte”. No es neutralidad. Es censura selectiva.
Un periodista acreditado tiene responsabilidades. La crítica no puede confundirse con la agresión personal. Pero el problema no es que la FIFA tenga códigos de conducta. El problema es preguntarnos si esos códigos se aplican con la misma severidad hacia arriba y hacia abajo. Porque ahí aparece la comparación incómoda: dirigentes, gobiernos, patrocinadores, futbolistas, aficionados, periodistas. ¿Todos tienen la misma libertad para expresarse? ¿Todos tienen el mismo margen de error? La respuesta es no. Mientras un directivo puede negociar con dictadores sin recibir sanción alguna, un futbolista puede ser multado por un brazalete o una declaración.
Mientras un gobierno puede usar el Mundial como escaparate de su régimen, un periodista puede ser expulsado del torneo cuando la institución juzga que sus expresiones resultan inadmisibles. La FIFA decide quién puede hablar, cuándo puede hacerlo y sobre qué temas y todo lo demás es ruido que debe ser silenciado.
En tiempos en que incluso democracias consolidadas muestran reflejos autoritarios, la curia del futbol parece haber elegido el mismo camino: menos debate, menos cuestionamientos y mayor obediencia al relato oficial.
El futbol ya está politizado. La diferencia es si aceptamos que solamente los poderosos tengan derecho a hacerlo. Si defender una opinión, cuestionar una decisión o señalar una injusticia significa “politizar el futbol”, entonces quizá la pregunta no sea cómo evitarlo, sino ¿qué estamos esperando?
Porque el futbol no es neutral. Es un escenario donde se proyectan identidades, se negocian poderíos, se disputan narrativas. La pregunta no es si la política debe estar en el futbol sino quién decide qué política entra.
La FIFA ya respondió: ella decide, los demás obedecen. Pero el futbol nunca ha pertenecido únicamente a quienes lo administran. También pertenece a quienes lo juegan, lo narran y lo viven desde la tribuna. Si reclamar ese derecho significa “politizar el futbol”, entonces quizá haya llegado el momento de dejar de pedir permiso.
La FIFA siempre se ufanó de que los gobiernos no intervienen en sus decisiones. Durante décadas, la autonomía frente a los gobiernos fue presentada como un principio sagrado. Resulta difícil sostener ese discurso cuando un presidente presume públicamente haber influido en una decisión deportiva.
Inclusive llegó a desafiliar a federaciones de países cuando los gobiernos asumían control de estas. De nuevo, corte a: Trump difunde a los cuatro vientos cómo revirtió una decisión “injusta”, quitando la suspensión por tarjeta roja al delantero estadounidense Folarin Balogun habilitándolo para jugar contra Bélgica, tras una llamada a Infantino. Lo anterior no fue suficiente para evitar el 4-1 adverso a EEUU y con ello su eliminación. Sin embargo, se levantan voces en el futbol internacional que claman por la salida del máximo jerarca. Un clamor que, si se atiende, tal vez no destierre la corrupción y la hipocresía del futbol, pero al menos le devuelva un poco de vergüenza. Urge.
