Futbol y racismo
El ambiente mundialista no es solo para seguir una serie de partidos y apoyar a los favoritos, también es un entorno en el que conviven muchas culturas en un contexto de competencia y éste es considerado como el mundial más global de la historia, se percibe cada vez más la pluriculturalidad al interior de las selecciones.
Esa diversidad, tanto interna como externa, así como la pluralidad de pensamientos y opiniones han generado diversas polémicas en torno al racismo, la discriminación y la violencia.
La FIFA debería ser la primera preocupada porque el Mundial se lleve a cabo en un ambiente de respeto y tolerancia; sin embargo, sus propias actitudes cuestionan la autoridad y la legalidad en la gesta futbolística.
Las reglas se hicieron para respetarlas, pero cuando quien debe garantizar que se cumplan las violenta o las cambia a conveniencia, se pone en tela de juicio la autoridad en todos los sentidos.
Los actos de racismo al interior de la cancha, las agresiones y las violencias sin sanciones se trasladan fuera de la cancha y, hoy en día, con las redes sociales, se enturbia un ambiente de competencia, contaminado por intereses económicos y políticos.
El eliminar una tarjeta roja de un jugador de Estados Unidos es uno de los actos más cuestionables del Mundial, que el propio presidente de Estados Unidos presuma que bastó una llamada telefónica para que eso sucediera es todavía más cuestionable, pero ese tipo de actitudes vulneran la autoridad de los árbitros en la cancha, puesto que sus decisiones pueden ser modificadas por alguien con “más poder”.
Las declaraciones de figuras públicas, como una senadora paraguaya en contra de un futbolista francés hablan, precisamente, de ese ambiente de odio que se ha viralizado, dejando de lado la competencia.
Se puede criticar la forma de jugar, los resultados del juego, incluso el arbitraje, pero llevar la discusión a un ámbito personal, en el que se retomen rasgos físicos de las personas para ofender, agredir o denostar los logros o las acciones no debe tolerarse, esa es la línea que no se debió haber sobrepasado.
Recordemos que el racismo es la creencia de superioridad basada en el origen étnico, y que traerá como consecuencia discriminación o persecución. En ese sentido, criticar los rasgos físicos de un futbolista cuya fisionomía no encaja con el estándar de rasgos fisonómicos de esa nación, es racismo. La respuesta de Mbappé puede también ser criticable, porque hacer señalamientos personales hacia la senadora tampoco era la forma adecuada de responder ante el racismo del que estaba siendo víctima. Ambos como figuras públicas deben darse cuenta de que sus discursos son escuchados y replicados por muchas personas y que lo que hagan o dejen de hacer genera corriente de opinión y actitudes, por lo que todos debemos evitar actitudes racistas, pero con mayor razón quienes representan, desde lo político o lo deportivo, los intereses de una nación.
El Mundial de balompié, así como todas las gestas deportivas internacionales deben ser espacios de reivindicación de la identidad nacional sin menoscabo de las demás naciones, deben ser espacios de competencia respetuosa, de apego a la normatividad y de tolerancia.
Los ojos del mundo están puestos en el futbol, para bien o para mal, se sientan precedentes y se generan corrientes de opinión y de conducta. Ante la mirada de miles de cámaras se han documentado agresiones a espaldas del cuerpo arbitral que quedaron impunes.
Si ni quienes dirigen la FIFA respetan la normatividad, ni dentro ni fuera de las canchas, si quienes debieran ser jueces imparciales al interior de las canchas se convierten en comparsa de los intereses políticos y económicos, y quienes deben dar ejemplo de madurez y respeto por el juego son quienes utilizan el escaparate con fines de denostación, entonces la contienda futbolística está dejando una deuda pendiente con una sociedad que a nivel mundial necesita urgentemente de ejemplos de legalidad y respeto o de sanciones ejemplares a quienes violentan la norma.
