CIUDAD DE MÉXICO. El guardia de un hotel celebra que a unos 20 metros está una de las pantallas que fueron instaladas sobre Paseo de la Reforma para transmitir el partido entre México y Chequia.
«Ni mandado a hacer», le dice a su compañero.
Su alegría no termina ahí. Enseguida reacciona al «Huapango» de Moncayo que reproduce el sistema de sonido que acompaña la pantalla.
Viste un traje gris y unos mocasines negros, pero zapatea al ritmo de la música como si portara un traje de charro y botines.
Apenas son las 15:00 horas, pero el flujo de aficionados mexicanos ya ha comenzado.
El que no lleva la playera esmeralda de la Selección, trae una blanca o lleva pintados los colores de la bandera en los pómulos.
A esa hora, la mayoría busca llegar al Ángel de la Independencia porque consideran que ahí habrá más ambiente.
Conforme avanza el tiempo y recorren la avenida, los asistentes se vuelven decenas, centenas y miles.
Algunos se detienen a bailar pues una banda sinaloense se ha atravesado en su camino y no se resisten al escuchar «El Sauce y La Palma».
Otros forman una ronda, se agarran de las manos y se retuercen cuando un señor les da descargas eléctricas con una batería anclada a dos cables con tubos metálicos.
«Para ir agarrando fuerzas», comenta uno de los participantes.
Para las 17:00 horas, el guardia del hotel desentona y se pierde entre la cantidad de camisetas verdes que ya tapizan el cruce de Reforma y Rosales.
Sobre la acera, Jesús y su cuadrilla se preparan para su propio partido: recoger la basura durante y después del juego de futbol.
«Va a estar cabrón», dice el trabajador de limpia mientras la gente hace que la avenida luzca más chica, como si se hubiera encogido.
En los minutos previos al silbatazo inicial parece que ya está definido el lugar que cada quien ocupará. Pero donde cabe uno, caben mil o más. Se aprovecha cada resquicio frente a las pantallas.
Pese a que está nublado, el calor de cada cuerpo provoca sudores y recuerda a un trayecto en Metro en hora pico.
La Ley Seca que decretaron las autoridades sólo se aplica y se respeta a las orillas de Reforma. En las entrañas se bebe cerveza, destilados directos o mezclados, también se fuma mariguana.
El clima fue un retrato del primer tiempo, empeoró conforme pasaron los minutos.
El aguacero marcó el final y castigó a los aficionados, pero no los venció.
En Reforma 93, la recepción de un edificio de oficinas se convirtió en una extensión del Monumento a la Revolución o del Zócalo.
El gol de Mateo Chávez revivió la intensidad de la gente. Tras la anotación de Quiñones, estalló la alegría y comenzaron las rondas de shots y los besos de tres o más desconocidos.
Con el tanto de Fidalgo, México selló dos hechos históricos: por primera vez cerró una fase de grupos con tres victorias en un Mundial y reunió a 800 mil personas a festejar en las calles.
Y mientras algunos se retiraban, eran más los que llegaban con ganas de enfiestarse.
Las formas se fueron perdiendo y, cerveza de lata en mano, los de nuevo ingreso comenzaron un trajinar para acercarse al Ángel lo más posible, pese a ya estar a reventar.
La lluvia presente durante el partido lejos de ahuyentar a los aficionados les dio un extra para divertirse, brincando charcos y hasta guerritas en el arroyo que se formó en Paseo de la Reforma.
Las risas de los participantes en esas batallas del charco y de los espectadores, se dieron en gran cantidad, cansados pidieron paz y siguieron su camino.
Libertad Maria Fernanda Covarrubias Santiago
Agencia Reforma
