Soy futbolero. Más de lo que aparento. Como Eduardo Galeano yo era un extraordinario futbolista en mis sueños. Soy espectador y sí, cuando me junto con mis amigos y familia, soy uno de los millones de directores técnicos que hay en este país. Por eso me duele lo que le sucede al futbol y mis expectativas y entusiasmo respecto al mundial están fragmentados. También me sucede con la ligera o remota esperanza de que México haga un papel digno.
Un país tan futbolero y que lo refleja tanto en consumo y pasión, derivando en un millonario negocio no solo ahora sino desde hace décadas, debió figurar entre las ocho mejores selecciones en el mundial desde hace al menos 15 o 20 años. No es una expectativa del otro mundo. Aquí van varios países con quienes —sin exagerar— nos podríamos comparar en tradición futbolística, poder adquisitivo y desarrollo deportivo.
Croacia, si se acepta el antecedente de la nación yugoslava que se dividió tras una terrible guerra, también fue semifinalista en 1930, 1962, 1998 y 2022. Los croatas llegaron a la final en 2018 contra Francia, han sido rivales respetables y han figurado entre los primeros ocho.
Hungría fue finalista en 1938 y en 1954. Desde hace 72 años no han tocado la puerta de instancias relevantes; inclusive desde 1986 no han vuelto al mundial, aunque han quedado cerca.
Un caso más o menos similar es el de Austria, que fue semifinalista en 1934 y en 1954. Desde 1998 no había clasificado a un mundial; en esta edición romperá una ausencia de 28 años.
Solo una salvedad respecto de Austria y Hungría. La zona futbolística en la que compiten. En un universo alternativo, no pocos expertos apostarían a ciegas que si estas dos selecciones compitieran en Concacaf (nuestra confederación), hubieran clasificado a la copa del mundo hace décadas. Y eso, al dimensionarnos, duele.
Podría continuar con más ejemplos, pero solo usemos estos. ¿Qué tiene en común México con estos tres países? O más bien… ¿por qué un país con indicadores de desarrollo tan similares —y en algunos rubros superiores— a esas naciones, no ha podido trascender más allá de octavos de final (cuartos, en los casos de los dos mundiales que hasta ahora había recibido)? México juega, ve y patrocina futbol profesional desde que este existe.
Mientras el mexicano llena estadios o al menos tiene una afición consistente y leal en el caso de los equipos de la liga doméstica, continúa siendo el hincha de una selección mediocre.
Llega el mundial, y topamos con pared en el mismo diagnóstico: octavos de final. Con suerte, un quinto partido que sabe a consuelo. ¿Casualidad? No. Es el techo de cristal que la propia mediocridad institucional ha construido.
Mientras tanto, Croacia —país de 4 millones de habitantes, golpeado por la guerra— nos da lecciones. En 2018, subcampeón del mundo. En 2022, tercer lugar. Sin estadios relucientes como el Akron o el BBVA, pero con una generación dorada que aprendió a competir en las calles de Zagreb y Split.
México, en cambio, lleva 30 años sin pasar de octavos. Pero llena los mundiales de aficionados —los mexicanos somos los turistas más fieles del torneo—, vende playeras, y regresa a casa con el mismo sabor a nada.
Ser futbolero no es llenar el Estadio Azteca para ver un triunfo intrascendente en eliminatoria. Es más bien preguntarse por qué Corea del Sur llegó a semifinales en 2002, Marruecos en 2022, y nosotros seguimos sudando contra rivales en Concacaf.
El rey de los mediocres es un trono que no pedimos, pero que aceptamos cada cuatro años. Mientras haya patrocinio, rating y venta de camisetas, a los dueños del negocio no les urge ganar. El sistema no está diseñado para levantar la Copa del Mundo. Está diseñado para no dejar de vender la esperanza de hacerlo.
Y hasta ahora, les ha funcionado.
