Diplomacia bucal
Para poder decir que se conoce a una persona hay que verla más de una vez, quizá tres o cuatro, para que entonces, cuando pregunten: ¿La conoces?, se pueda contestar que sí, aunque no se recuerde el nombre o el lugar donde se vieron por primera vez. A las personas conocidas se les puede saludar en encuentros fortuitos o deliberados, deseándoles que tengan un buen día, mañana, tarde o noche, dependiendo de la posición de los astros en ese momento.
Los saludos pueden hacerse solo con palabras, pero también intercambiando un apretón de manos, rodeando ligeramente con los brazos e incluso aproximando la boca a la mejilla o a la otra boca, según las veces que se la haya visto y de cuántas se quiera volver a ver.
Al acercamiento de la boca con otra boca o con alguna parte del cuerpo se le llama beso. Los besos son expresiones que se aprenden para demostrar afecto, estima, educación, deseo, respeto y eso que se dice amor.
Para dar un beso se necesita usar la boca como si fuera un instrumento de comunicación, modulándola según el grado de confianza y la intención. Se puede besar a familiares, amigos, conocidos, amantes, santos, animales, fotografías, cartas y hasta completos desconocidos, teniendo siempre en consideración que, para que un beso funcione, en el mejor de los casos deben estar de acuerdo la boca que lo da y la superficie que lo recibe.
Entre otras cosas, la boca contiene saliva que a veces deja en cada uno de los besos que da. La saliva es considerada algo tan íntimo que no debe compartirse siempre ni con cualquiera; intercambiarla es un acto de suma confianza, a veces de eso que se dice amor o nomás de deseo.
Por lo mismo, aunque siempre ande en la boca, hay que saber guardarla adecuadamente. Cuando se pronuncia la palabra saliva, fluye entre los dientes y pasa entre la lengua y el paladar, pero casi no se pronuncia, por estar relacionada con esa parte espesa de lo humano de la que no debe hablarse tanto ni tan seguido.
Aventar saliva en público puede considerarse de mal gusto, grosero e imprudente, nomás por atreverse a dejar ver a los otros un poco de lo humano que se traía adentro. Entre humanos, conviene disimular, lo mejor posible, que se lo es.
Para no incurrir en imprudencias humanas al saludar, la boca debe estar preferentemente seca a menos que se convenga lo contrario. En algunas circunstancias el uso de la boca puede producir un efecto sonoro al succionar un poco de aire en el encuentro; incluso puede fingirse un beso sonoro y que los labios no lleguen a tocar la piel.
En México, por ejemplo, la convención es juntar las caras y dar un beso en la mejilla del lado que esté más disponible al momento del saludo, pero en otras costumbres pueden darse dos o de a tiro ninguno.
Otra convención indica que los besos en la frente expresan protección y ternura, mientras que en las manos pueden significar admiración, respeto o nomás conveniencia. A veces la gente besa el suelo no porque quiera mucho a la Pachamama, sino porque aprendió que así parecería humilde y quería convencer a quienes estuvieran mirando.
La boca puede utilizarse para hablar, pero también para no decir nada. Mientras no se dice nada con palabras, puede decirse con convenciones socialmente aceptadas, cuyo origen no se sabe muy bien en qué momento ocurrió.
Los besos forman parte de esos convencionalismos generalizados que sirven para decir aquello que las palabras no pueden o que, aunque pudieran, no quieren. Por ejemplo, determinar qué tanto se conoce a una persona: si se la ha visto una, dos o las suficientes veces como para rodearla ligeramente con los brazos, desearle buen día, tarde o noche, o incluso aproximarse a su mejilla o a la boca para poner en marcha la maquinaria oral sin decir, aparentemente, nada.
Entonces, cuando alguien pregunte: ¿La conoces?, podrá responderse que sí, aunque no se recuerde el lugar o la manera en que se besó por última vez.
