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    Opinión Por Israel Álvarez

    EL SUEÑO DE LA RAZÓN

    18 de enero de 2026No hay comentarios4 Minutos de lectura
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    Mientras tanto

     

    De las diferentes habitaciones que componen una casa hay una que se permite ser más pública: aquella en la que se reciben las visitas y donde tanto habitantes como invitados pueden sentarse a ejercer esa actividad que se hace como queriendo hacer otra cosa: esperar.

    Esa habitación se replica en hospitales, estaciones de autobuses, aeropuertos, restaurantes y, curiosamente, hasta en las funcionales oficinas burocráticas. Mientras se espera se puede chismear en el celular, leer ociosas columnas en los diarios o ver programas de televisión abierta que no comprometen demasiado la inteligencia. Esperar es hacer como que se hace algo mientras otra cosa sucede.

    Los que esperan siempre corren el riesgo de perder la paciencia y desesperarse; por eso es importante tomar aire, entretenerse y volver a pensar en esas cosas que ya se habían olvidado que existían. Esperar es un acto intermedio, una especie de limbo entre la sospecha y la certidumbre que no siempre alivia.

    Penélope tejía mientras esperaba a Ulises, el Coronel cuidaba un gallo mientras esperaba su pensión y Matusalén cumplía años mientras llegaba un diluvio. Para esperar se requiere dudar entre lo que puede y lo que no puede pasar, cada nueve meses, cada semana o cada año, según se necesite renovar desechables esperanzas.

    Mientras se espera al príncipe azul, los resultados del examen o la vida eterna, es posible contemplar al mundo de otro modo y hacer como si el alma no abandonara al cuerpo, porque la cotidianidad es eso que sucede mientras algo se espera, voluntariamente o no.

    Las esperanzas se renuevan cada sexenio, cada enero o cada lunes, porque si no, de tanto esperar, la gente puede volverse loca en los muelles, en la estación del tren meneando el abanico o con la carita empapada si no le llegan con rosas.

    La cosa es no desesperarse y tener propósitos, 12, 24 o siete, para que la vida siga pareciendo tener un mínimo de sentido, aunque sea viajando más, consiguiendo un mejor puesto o comiendo menos cosas sabrosas.

    La esperanza muere al último porque los que esperan pueden partir y nunca ver llegar al tan añorado mesías, el quinto partido de la selección mexicana o la justicia social de la que escriben tan bonito los marxistas. Pero qué sería de los que esperan si pudieran conseguir inmediatamente lo que desean.

    Desear implica no tener tan pronto ni tan seguido lo que se quiere, para crear frustración suficiente para actuar o, de perdido, renunciar a conseguir lo deseado. Por fortuna, y para frustrarse adecuadamente, los desesperados que no caben en la fila de las tortillas tampoco caben en la meritocracia académica, sindical, política o empresarial. Porque a todos les llega su momento, nomás cuestión de saber esperar.

    La esperanza hace que la gente se levante de la cama a querer ser mejores personas o, de perdido, a no ser tan peores como ayer, el año pasado o hace 10 años, cuando todavía no podían ser conscientes de eso que se llama realidad. No como ahora, que es posible preguntarle a la Inteligencia Artificial cómo se puede comer mejor, escribir mejor o, en general, vivir mejor, porque antes no quedaba tan claro como, por fortuna, ahora lo tienen los algoritmos.

    Cuestión de consultar a la máquina sobre qué cosas pueden hacerse mientras se espera a que llegue en el primer tren el éxito profesional, el amor verdadero o una digna jubilación, para no verse tan humanos, demasiado humanos, y no lucir, además, desesperados.

    Mientras se está en las salas de espera se puede charlar, consultar chismes sobre cantantes, políticos o sobre el país extranjero que, gracias a un patriótico mesías, siempre es otro. Se puede pensar en todo eso que parece no ser tan importante como lo que se está esperando. El mundo detiene su curso y todo ocurre más lentamente tal como en una película de ficción en la que hay que descubrir al culpable, reunir enamorados o derrotar a algún villano.

    La sala de la casa fue tan efectiva que hubo que trasladarla a cualquier lugar que requiera detener un ritmo marcado por los nunca suficientes sístoles y diástoles. Esperar se volvió oficio de los que aguardan a que algo pase, mientras eso otro, llamado vida, sucede.

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