Nosotros, ellos y la gente
En portugués, el pronombre nosotros puede sustituirse por a gente, que funciona como un sustantivo colectivo capaz de contener al yo y a quienes lo acompañan. En español sucede distinto: cuando se habla de la gente, casi siempre se alude a una pluralidad ajena —una especie de “ellos”— o a una categoría que reúne a quienes comparten algo difuso de lo humano. Es decir, mientras que gente en portugués es nosotros, en español es más bien ellos.
En México, además, el concepto suele servir para separar al yo que habla del conjunto del que se habla. Por eso pueden encontrarse frases como: “la gente desconoce la reforma a la Ley de Aguas”, “salió la gente a protestar a las calles” o “las protestas perjudicaron a mucha gente”.
Se suma que, por la vecindad inmediata, en México predomina una predilección por el inglés que hace urgente aprenderlo desde el kínder, es decir, desde preescolar. La influencia también aparece en la manera de dividir los eventos públicos en áreas imaginarias: por un lado, está la gente, y por el otro, la gente muy importante o —Very Important People (VIP)—, acorde con la inclinación anglosajona por el prestigio.
Y aunque people llegó al inglés desde la palabra pueblo, siempre se le puede añadir la importancia necesaria para distinguirse del resto, al que no le alcanza para imaginarse con un estatus superior. Así aparecen lugares para el pueblo y otros para quienes pueden pagar por sentir que ya no pertenecen a esa categoría tan despectiva como despreciada.
El pueblo también es ése al que dicen representar los políticos, aunque puedan ignorar por completo los nombres de quienes lo integran. Hay, además, gente pública: ellos. Por eso el pueblo suele conocer al menos nombres, apellidos, apodos y colores que aparecen en una boleta electoral perseguida como si en ella habitara la mágica democracia, aunque para alcanzarla, o justificarla, no siempre resulte indispensable.
En teoría, la gente pública deja a un lado lo privado, no para servirse, sino para servir al resto del pueblo. En la práctica, claro, los servidores públicos también son gente; la diferencia es que unos les pagan a otros para que atiendan asuntos que competen a todos. Ese costo depende de las casi voluntarias aportaciones de toda la gente, mejor conocidas como impuestos.
El pueblo no decide pagarlos: se les cobra porque vivir en sociedad implica dar para recibir, aunque no se quiera. Por fortuna, las aportaciones son proporcionales a lo que la gente tiene: si se tiene poco, se aporta poco; si se tiene mucho, se meten amparos o se contrata a un buen contador para no andar pagándole tanto a la inacabable gente vividora del pueblo, esos que no son VIP.
Los impuestos se reparten entre ámbitos federales, estatales y municipales porque, aunque parezcan lo mismo, no lo son. Entre los principales están los que se cobran por trabajar, por gastar lo ganado trabajando, por tener coche para ir a trabajar y por tener casa para descansar y luego volver a trabajar para poder pagar impuestos. La gente pública decide en qué gastar lo que la gente privada aporta, porque para eso fueron elegidos, claro, en el mejor de los casos.
Quizá la principal diferencia entre los idiomas mencionados es que, en español, la gente designa a un sector formado por mucha gente privada que, en conjunto, se vuelve pública, pero que al referirse se convierte en un ellos que exime al hablante de responsabilidad.
“A la gente nunca se le da gusto”; “Hay mucha gente que no está de acuerdo con los políticos”; “La gente no quiso el segundo piso”. En cambio, el portugués ofrece la alternativa de hablar de a gente para decir nosotros, y justificar la acción personal como colectiva, borrando también al individuo que habla.
Esa conversión del pronombre puede compararse con lo que en español se dice uno: un pronombre que no es numérico, sino una forma cómoda de desaparecer al yo dentro de un supuesto todos. Y entonces podría decirse, quizás con cierta ironía, pero precisión: Lo que haga la gente, mientras no nos afecte, a uno no le interesa.
