FRESNILLO. Este miércoles, el obispo de Zacatecas, Sigifredo Noriega Barceló, sostuvo un encuentro con familiares de personas desaparecidas en el templo de San Mateo Correa, en Fresnillo, para abrir un espacio de acompañamiento espiritual y reflexión ante la crisis de violencia que se vive en el municipio.
En esta reunión convocada por colectivos y madres buscadoras, estas últimas solicitaron al obispo oraciones por todas las familias que viven la ausencia de un ser querido. En respuesta, el jerarca católico reconoció el profundo dolor que atraviesan las víctimas indirectas y señaló que la realidad que enfrentan representa uno de los momentos más difíciles para la sociedad zacatecana.
Aseguró que la Iglesia tiene la responsabilidad de acompañar y ofrecer consuelo en medio de un entorno marcado por la incertidumbre, la impotencia y el desconcierto que este fenómeno ha dejado entre la población en los últimos años, al grado de que incluso para las personas de fe resulta complicado encontrar respuestas en medio de todo ello.
“Quienes buscan a un familiar suelen enfrentarse a interrogantes profundas que no siempre tienen solución, lo que intensifica el sufrimiento emocional. [Sin embargo], la esperanza es un elemento esencial para quienes enfrentan este tipo de tragedias”, puntualizó.
Afirmó que la memoria de las personas desaparecidas mantiene un vínculo vivo con sus familias y con toda la comunidad creyente, y enfatizó que esta presencia debe servir como impulso para continuar exigiendo verdad y justicia.
EL MAL EN FRESNILLO
Noriega Barceló reflexionó sobre la naturaleza del mal que ha dado origen a la violencia en la entidad. Precisó que detrás de cada desaparición existe un agresor que, aunque invisible, es también un ser humano que ha elegido la crueldad y que ha provocado dolor en otra familia.
Consideró que la deshumanización es el origen de estos actos y representa uno de los mayores desafíos para reconstruir el tejido social, puesto que, sostuvo, las desapariciones afectan no solo a los núcleos familiares, sino a toda la sociedad, que comparte la herida desde la fe y desde lo humano.
El mal, además, parece dominar los espacios públicos y acaparar la atención, lo que provoca la sensación de que la bondad ha dejado de ser visible. Sin embargo, insistió en que el bien sigue presente y solo puede vencer mediante acciones de compasión y solidaridad, tanto individuales como colectivas.
“En el interior de cada persona se libra una batalla entre el dolor y la esperanza, y la sociedad debe apostar por la dignidad humana para impedir que la violencia determine el futuro”, enfatizó.
UNA BÚSQUEDA COLECTIVA
Durante el encuentro, Noriega Barceló relató que la desaparición de un familiar modifica de manera irreversible la vida de quienes lo esperan. “En los hogares quedan objetos, espacios y recuerdos que evidencian la ausencia: transforman la rutina cotidiana de las familias”.
Esta realidad, enfatizó, es una de las razones por las que se debe seguir exigiendo soluciones y justicia a las autoridades, pero también consideró necesario trabajar en la contención emocional de quienes buscan a sus familiares desaparecidos.
Por ello, llamó a no dejar que el dolor se convierta en culpa o resignación. Explicó que, ante la incertidumbre, muchas madres y familiares buscan explicaciones o razones que pocas veces existen y que, en ocasiones, se responsabilizan injustamente por lo ocurrido.
Invitó a reconocer que las causas de la violencia son externas y están relacionadas con fallas estructurales, decisiones humanas y omisiones institucionales.
Aseguró que las soluciones deben surgir tanto de las autoridades como de la sociedad, y consideró necesario fortalecer la unión entre las familias afectadas y las instituciones encargadas de la búsqueda.
Finalmente, Noriega Barceló reiteró que la Iglesia permanecerá cerca de las familias mediante los talleres de escucha, con la convicción de que la esperanza es el único camino que puede dar sentido en medio del dolor.









