La historia como arma política: La Cristiada
En esta columna he hecho alusión varias veces al uso político de la historia con fines retóricos o reivindicativos; qué mejor que voltear al pasado y ver los aciertos –o errores– para justificar las posturas y actos del presente. Tal recurso es uno de los favoritos de muchos políticos, que al hablar de historia se asumen como responsables de la misma, para cambiarla o continuarla, según convenga. La historia es, y ha sido siempre, un arma política muy potente.
Sin embargo, hace poco la iglesia católica se sirvió de este recurso para reivindicar uno de los capítulos más llamativos dentro de la historia de las relaciones entre iglesia- Estado mexicano: La Cristiada.
Este conflicto ocurrido entre 1926 y 1929 significó un fuerte desafío para el sistema creado por la revolución que, para la época, buscaba consolidarse a través del proyecto de Calles. Éste último buscó afianzar la fuerza del gobierno y someter cualquier conflicto social, político, cultural o económico a las leyes e instituciones del estado mexicano posrevolucionario. La iglesia, como parte de una de las instituciones con mayor fuerza social en México, fue una de las primeras a las que se buscó subyugar a través de prohibiciones al culto religioso: no se permitieron las procesiones ni cualquier otra manifestación pública, se buscó limitar el número de sacerdotes expulsando a todos los extranjeros y se intentó crear una iglesia mexicana separada de las directrices romanas, una iglesia cismática, vaya. Ante ello, surgió la Liga Nacional Defensora de la Libertad religiosa y después, el resto es bien conocido, se ordenó la clausura de los templos y una feligresía inconforme, situada en su mayoría en el occidente del país, se alzó en armas. De ahí sabemos que surgieron muchos mártires que son venerados en estas zonas de la república y cuyo recuerdo enarboló a principios de este mes, la Conferencia del Episcopado Mexicano.
El sociólogo del catolicismo, Bernardo Barranco, escribió hace una semana en su columna de La Jornada (‘El giro cristero de los obispos mexicanos’) que después de la 119 Asamblea Plenaria de obispos, apenas realizada este mes, se lanzó un documento donde se llamaba a la unidad de la iglesia mexicana bajo la consigna de recordar el movimiento cristero, haciendo un llamado de defender la fe con esa misma radicalidad. La cuestión parece extraña, pudiera incluso pensarse que comparan las circunstancias actuales con las que vivieron los católicos de aquellos años. La pregunta, entonces, no es únicamente por qué se habla ahora de la Cristiada, sino para qué. ¿Qué se busca resignificar? ¿Qué tensiones contemporáneas se buscan visibilizar trayendo a cuenta ese pasado?
La iglesia local no se quedó atrás. Apenas el domingo pasado, en la homilía dominical, el obispo de Zacatecas recordó el aniversario 98 del asesinato del padre Miguel Agustín Pro, reiterando la frase que la historia por ser el lema cristero (¡Viva Cristo rey!). El tema salió a relucir en un contexto en el que obispos y sacerdotes han emitido opiniones con respecto a la situación actual del país, siendo abiertamente críticos ante la incapacidad gubernamental de solventar temas tan lastimosos como la violencia que vivimos. No es gratuito que hoy por hoy los medios de comunicación tengan tanto interés en cubrir homilías y conferencias de prensa posteriores a la misa dominical; se sabe que van a dar nota.
Pero regresando a la rememoración de la Cristiada, insistimos en que este tipo de gestos nos recuerdan que la historia no es un terreno neutro, es un campo de disputa simbólica donde los actores del presente reinterpretan el pasado para orientar episodios contemporáneos. ¿Realmente para la iglesia estamos reviviendo el callismo?
Vuelvo a lanzar la pregunta ¿para qué se trae a la memoria uno de los episodios que causó tanta polarización a nivel social durante el siglo 20? Ciertamente se trata de un movimiento que busca resignificar posturas e identidades frente al Estado. No es un simple recuerdo histórico, es un mensaje ¿Usted qué opina?
