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    Inicio»Editoriales»Opinión»Altas y bajas
    Opinión Por José Antonio Sandoval Jasso

    Altas y bajas

    2 de noviembre de 2025No hay comentarios3 Minutos de lectura
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    Ámbito de fantasmas

    Francisco Tario, seudónimo literario de Francisco Peláez, nació en lo que ahora se llama Ciudad de México en 1911 y, como es habitual en los centenarios y festejos similares, se tomó la ocasión como oportunidad de recuperar el recuerdo y la obra. Tanto en México como en España —país con el que Peláez tenía vínculos familiares estrechos y donde falleció en 1977— se editaron diversos volúmenes, antologías y entrevistas, una labor que a los lectores del siglo 21 nos permitió acercarnos a la peculiar obra de este narrador.

    La noche (1943; la edición consultada es de la editorial española Atalanta de 2012; también el Fondo de Cultura Económica publicó, en 2015, sus narraciones reunidas) es uno de esos títulos recuperados en la conmemoración, tácita, por lo demás, como las presencias en las narraciones de Tario. En estos cuentos se construyen ambientes con descripciones sobrias, que podrían parecer escuetas hasta que se entiende, unas líneas después, que se busca el enmarcar un elemento a la vez, de modo que lo que está alrededor, como en una fotografía, se pierde en las densidades de la luz, como si de una sombra se tratara, o como se recuperaran los sueños cuando evocamos a los personajes que en ellos aparecen.

    Los objetos participan en los acontecimientos con conciencia de forma tal que en varios relatos son sus perspectivas, opiniones o sarcasmos los que dan paso a lo que el lector va recuperando. Digo objetos, pero podría decir seres inanimados, originados donde hubo vida, una añoranza, una obsesión. Reflejan la vida y cómo se les va escondiendo a los protagonistas. “La noche de Margaret Rose” es un ejemplo de esto que señalo, pues en este relato encuentro los diversos rasgos de las narraciones presentes en el resto del volumen, condensados, racionales y pasionales a la vez.

    “Y el humo de nuestros dos cigarrillos se mezclaba en la atmósfera pesada, ascendía hasta el techo, formaba bellas nubes ondulantes y se perdía, perfumado y alegre, en las dulces sombras nocturnas”. Evoca la posibilidad, no hecha explícita ni siquiera insinuada en el relato, de una afortunada cercanía o reencuentro de dos amantes (que no fueron). “Y las piezas se deslizaban sobre el tablero, gemía muy dulcemente la brisa, asomaba a intervalos la luna, y un bienestar casi voluptuoso me recorría las venas”. Aquí el narrador, ya obsesionado, es capaz de evocar solamente los pocos momentos que antes de este reencuentro tuvo con la mujer que lo obsesiona.

    La noche del título, que acompaña todas las narraciones del volumen original (“La noche del féretro”, “La noche de la gallina”, etcétera), no se refiere a la etapa del día que se salva del Sol. Tampoco es al ámbito temporal al que se limitan los escenarios de las historias. Más bien, es el estado que en la literatura más moderna, en la romántica y después también en la fantástica, posibilita encuentros que no sucederían: que los objetos tengan conciencia. Es un estado temporal y espacial que, a la vez, nos deja buscar, escuchar, ver lo que no sucedería fuera de ella. Es el ámbito de los fantasmas. Ya desde el título nos convoca a ese pacto. La noche es invitación y es advertencia. La noche es la narradora.

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