El factor tiempo en la administración pública
Se dice normalmente que uno de los recursos finitos que se tienen es el tiempo. De hecho, al momento de leer estas líneas el propio título de la colaboración ya quedó atrás, es decir, ya es pasado, así que el tiempo es tan efímero como queremos que sea; sin embargo, hay una cosa ineludible: no se recupera.
Con eso en consideración, le pongo sobre la mesa una pregunta que puede ser compleja: ¿Qué tanto tiempo necesitan los cambios? Usted, cuando ha tomado una decisión respecto de modificar algún aspecto de su vida ordinaria, ¿cuánto tiempo le merece tomar la decisión, ejecutarla y eventualmente evaluarla?
Si usted ya tiene en mente el tiempo que ha necesitado, si ya tiene una referencia, ahora pregúntese: ¿Cuánto tiempo toman los cambios en los gobiernos?
La pregunta viene a cuento por una razón sencilla: en los funcionamientos gubernamentales todo requiere una amplia inversión de tiempo… y hay que luchar contra él.
Asumir una tarea en la función pública implica la posibilidad de generar un parteaguas entre un antes y un después, este último marcado por el inicio de una determinada responsabilidad.
Lo anterior es así porque, al darse un cambio de estafeta en una tarea pública, se genera la responsabilidad de atender tareas con una perspectiva diferente a la que se había venido haciendo, pues es altamente probable que a partir de ahí se haya generado la necesidad de cambio, es decir, la forma en que antes se hacían las cosas no convence y ahora se tienen que hacer de una manera distinta.
Un periodo de responsabilidad pública trae como resultado una serie de elementos respecto de cómo, quién y por qué se hicieron determinadas cosas, que a la postre deberían ser evaluadas para conocer su incidencia positiva -o negativa- y con ello, se deberían tener elementos para discernir entre una serie de opciones para atender la gestión pública. Es el deber ser de las cosas.
El paso del tiempo deja hechos gubernamentales concretos y a partir de estos, experiencia. El registro histórico ayuda a entender el contexto y la realidad particular en la cual se tomó y ejecutó una decisión de gobierno. Todo eso es tiempo.
Esos hechos son ineludibles, inevitables y hasta imborrables. Pero en estricto sentido, cuando se genera un cambio se puede tener en consideración lo hecho anteriormente como referente (también, positivo o negativo), pero referente, al fin y al cabo, saber lo que antes pasó para tener una referencia.
Y todo eso también es tiempo, porque hay que invertir en ese aprendizaje, acelerarlo lo más posible y dimensionarlo para construir la mejor toma de decisiones.
Sin embargo, es notorio que en algunos puntos se dificulta el entender la función pública desde un punto A pasado hasta un punto B reciente o actual y visualizar un punto C prospectivo. E invariablemente solemos recurrir a lo anterior para justificar una serie de medidas, a veces con razón, otras veces no tanto. Pero el pasado siempre servirá para explicar o ejemplificar una determinada decisión.
No obstante, pasado no es necesariamente presente en el ejercicio de gobierno; en la instrumentación del funcionamiento de procesos en la administración pública existen muchos espacios que ameritan un cambio radical.
Esto puede tomarse como una transformación absoluta del cómo llevar a cabo tal o cuál tarea de gobierno; lo que antes podía llevar semanas ahora puede hacerse en un día. Y sobre esa base, se administra el tiempo: vamos rebasados en la necesidad de resolver rápido muchos problemas públicos.
Con eso en consideración, cierro: el factor tiempo en la administración pública es un elemento finito, escaso y bajo presión constante. De ahí que es imperativo que los gobiernos trabajen a marchas forzadas para cambiar o transformar la función pública, pero comprendiendo y considerando que cada día que pasa es un día menos para modificar cosas. Y que un gobierno no sea dinámico puede tener consecuencias como el agua estancada: genera problemas.
*Doctor en Ciencias Políticas y Sociales con orientación en Administración Pública, UNAM
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