El anuncio de que Zacatecas fue sede de una pelea mundial de boxeo gratuita evoca inevitablemente la ancestral fórmula romana del “pan y circo”; sin embargo, la ironía es palpable. Quienes hoy critican esta estrategia como “neoliberal” son precisamente los mismos que la implementan desde el poder.
Muchos de los gobiernos del país, autodenominados progresistas, están recurriendo al mismo manual de control social que tanto se les criticó a los del pasado: ofrecer espectáculos gratuitos mientras los indicadores de violencia, desempleo y migración permanecen alarmantes; no es transformación, es maquillaje político.
La pregunta incómoda surge: ¿por qué destinar recursos públicos a un evento deportivo cuando los hospitales carecen de medicamentos y las escuelas de múltiples recursos?
El boxeo, deporte noble por excelencia, se convierte aquí en instrumento de distracción masiva. Mientras los reflectores apuntaron al ring en el gimnasio Marcelino González, las problemáticas estructurales quedan en penumbra. Es la democratización del entretenimiento como sustituto de la democratización del desarrollo.
La gratuidad y disfrute del evento, lejos de ser generosidad para las familias, representó una inversión calculada en el capital político. Los costos operativos, de seguridad y promoción no desaparecen, simplemente se transfirieron al erario público. El ciudadano pagará dos veces: con sus impuestos y con la perpetuación de un modelo que prioriza la imagen sobre la sustancia.
Zacatecas merece ser más que un escenario de combates mundiales que duran un par de rounds. Los desafíos actuales requieren un nocaut a las demandas sociales.
Por lo que el verdadero campeonato que necesita ganar el estado no se libra en un ring, sino en las aulas, hospitales y campos que claman por inversión real, no por espectáculos que, por muy gratuitos que sean, cuestan demasiado caro a una sociedad que necesita soluciones, no distracciones.
