Donald Trump sabe lo que quiere. En un desplante inspirado —de nuevo— en la doctrina Monroe, provoca con un nuevo dardo: que el Golfo de México pase a llamarse “Golfo de América”. Rauda, una legisladora republicana, ha declarado que trabajarán en convertir dicha formulación en ley pronto. No olvidar que ahora ellos controlan ambas cámaras.
Hace 13 años Steve Holland, representante de Mississippi hizo una propuesta idéntica e incluso la elevó a iniciativa de ley. El asunto no pasó de comisiones. Pudo ser considerado una broma, pero la simbología no era cosa menor.
Ya conocemos al personaje; Trump tiene la delicadeza de Trucutrú. Cuando debe ser quirúrgico usa hacha de carnicero; no es político. Pero burlarnos porque confunde machete con bisturí funciona para reirnos en conversaciones o viendo memes en el teléfono; subestimar sus intenciones es iluso.
El Golfo de México es una de las calas con mayor tráfico marítimo en el mundo, tiene yacimientos de petróleo con alcances que todavía no se han terminado de cuantificar.
El “desplante” no es superficial; tan importante como el perro cuando orina un árbol o el elefante cuando talla la corteza de un árbol con su colmillo. “Marcar territorio” lo llaman en zoología cuando las especies establecen dominios en función no de riqueza ni acumulación, sino de dominio para supervivencia. Los fines son, entonces, prácticos.
Así el presidente electo hace uso de símbolos como el año pasado cuando lanzó la Biblia Dios Bendiga a Estados Unidos (God Bless America), para lograr conexión emocional con el sector religioso conservador del país vecino.
Entre sus esgrimas morales al haberse liado con una estrella porno o ser consecuente contra una de sus bestias negras favoritas, China, al haber manufacturado en Hangzhou sus Biblias a tres dólares cada una para venderlas en Estados Unidos a 60, el ex protagonista de The Aprentice sabe que la congruencia no es atributo a su alcance, pero tampoco la necesita y lo sabe.
En una época en que el grosor de su electorado prefiere “sentir” a “pensar”, Donald Trump lanza estímulos sensoriales.
Lo del Golfo de México tiene, sin embargo, alcances distintos. En la lógica del símbolo, para poder reclamar su propiedad primero tiene que dejar de ser “de México”. En su perversión retórica desliza la posibilidad.
La 4T en México también sabe de símbolos. Quedó manifiesto con la exigencia de disculpas de AMLO al reino de España por las atrocidades de la Conquista y la ratificación de la postura por la presidenta Claudia Sheinbaum.
En ese sentido, CSP le sabe a la semiótica y en su respuesta, que también parece un troleo superficial aludió a “América Mexicana”, un término de uso común hasta el siglo 19 y que reivindica no solo los territorios colindantes al Golfo sino el territorio malogrado a favor de Estados Unidos en la Guerra de 1847 que culminó con el tratado Guadalupe Hidalgo.
La escaramuza apenas inició. Trump calculará que tanto le conviene desgastarse antes de asumir el poder el 20 de enero; mientras otros actores políticos se suban al tema en un sentido o en otro. En México Fernández Noroña endosó apoyo a la presidenta en un movimiento que se infiere básico por parte del Congreso mexicano.
La importancia del Golfo no es solo simbólica. Mencionamos arriba la doctrina Monroe como el antecedente que nos ubica como parte de los dominios del país vecino.
En un mundo que perfila a la multipolaridad entre Estados Unidos, Rusia y China, será relevante establecer una posición cuando al otro lado de la frontera un personaje como el presidente del país vecino asome expresiones con apariencia inofensiva.
La intención del Golfo seguirá persiguiéndonos por cuatro años, al menos.
