Lo espectacular
La inevitable y espesa rutina permite que sea muy fácil poner especial interés en sucesos, eventos y acciones que rompen con lo habitual. Todo lo que no se parezca a lo que se aparece todos los días ante los ojos, es bien recibido por los dueños de las miradas cansadas de ver siempre lo mismo.
Es como si hubiera que mantener interesados a los sentidos porque luego se atrofian de no sorprenderlos. De ahí, que todos los que piensan que la estabilidad más bien es estancamiento, están ávidos por novedades lo suficientemente atractivas como para creer que es la primera vez que sienten.
La literatura, el cine, el teatro, las series en línea y por supuesto, el chismecillo, son fuentes inagotables para que los hambrientos vean la realidad más atractiva, no como si todos los días fueran iguales por los siglos de los siglos hasta que llegue alguno de esos personajes ficticios a salvar de la rutina, algún tipo de dios lo suficientemente poco habitual como cualquiera que lo necesita.
Salir a la calle y encontrarse con que ahí siguen los mismos monumentos coloniales, los mismos perros y a veces hasta la misma basura de ayer puede desencadenar indirectamente cierta tranquilidad contra la incertidumbre.
No vaya siendo que un día de estos no salga el Sol, se acabe la Luna o pase algo de eso que pasa en las post apocalípticas historias tan socorridas por los productores de entretenimiento. Qué tranquilidad que no pase nada, pero que aburrido se puede volver lo que seguro pasa.
Desafortunadamente, ahora pocos se asombran de lo que antes sorprendía y daba miedo como la muerte, el crimen o todas esas cosas que se volvieron normales de tanto y tan seguido que pasan, cuestión de dirigir la mirada a otro punto menos terrible y más personal para que todo siga su aburrido pero seguro curso. Corazón que no ve, corazón que no siente, corazón que te miente amor. Gracias a dios, la vida es una serie de sesgos cognitivos elegidos casi voluntariamente.
No es que la gente se vuelva indolente, es que más bien el corazón no da para tanto. Preocuparse por otros se da mejor con privilegios de esos que casi no se perciben y que pueden convertir en caritativo todo lo que no sea necesario para vivir.
La atención que no se tiene que poner en sobrevivir puede dedicarse al ocio, a la contemplación y a todas esas cosas que más hacen los jipis y los locos. Vivir como si no fuera necesario despertarse mañana a las 6 horas para ir a cumplir innecesarias funciones burocráticas que en vez de solucionar el mundo lo complican, pero oficialmente.
Vivir como si mañana no fuera necesario levantarse, sintiéndose una partícula microscópica en un universo en el que no pasa tanto y ahí siguen los mismos monumentos coloniales, los mismos perros y la misma basura de ayer. Vivir para tener que consultar periódicamente las redes sociales a ver si ya pasó algo a lo que valga la pena ponerle poquita atención para luego olvidarlo y buscar más novedades hasta que se atrofien los sentidos.
El gran teatro del mundo a veces es más bien un circo en el que todos son payasos que entretienen haciendo chistoretes sobre lo ridícula que puede ser la vida vista de cierta manera. Cualquiera puede ser payaso en el escenario adecuado. Cualquiera puede ser loco, jipi o uno de esos personajes ficticios que salvan de la rutina en cierto momento y lugar.
Todo es sorprendente con suficiente espectacularidad y qué mejor telón de fondo que una mugrosa rutina en la que parece funcionar el mundo con todo y sus burócratas, con el Sol y las microscópicas partículas que se ponen a hacer como si fuera cierto eso de que la normalidad solo es lo que perjudica personalmente y no lo que antes sorprendía como la muerte, el crimen y todas esas cosas que se volvieron comunes de tanto pasar y por eso, entonces, haya que ir a consultar la literatura, el cine, el teatro, las series en línea, por supuesto el chismecillo o las novedades en redes sociales, porque la rutina no es tan espectacular como para mantener suficientemente interesado a cualquier común corazón.
