Nomás tantito
Para poder ser rey se necesitan palancas, o más bien, estandartes, coronas y cetros que sirvan como palancas para echar andar el mundo de la simulación, en el que se puede diferenciar a los que son reyes de los que no, diferencia que, de otro modo, sería nomás tantito difícil entender.
Los reyes hacen como que los elige dios y sus súbitos hacen como que les creen mientras intentan llevar entre ambos el cuento de caprichosos dioses que eligen a unos y a otros no tanto.
Los reyes viven en majestuosos y casi eternos castillos dignos de su presencia real, no como las casitas de Infonavit hechas para que quepa la más chiquita y menos notoria presencia de la servidumbre que pueden pagar sin enterarse en cómodas y casi eternas mensualidades.
Los reyes visten de las mejores telas que llegan al reino, por suerte confeccionadas exclusivamente para sus cuerpos reales y dignos de muchos hilos lujosos. Las prendas de la servidumbre están hechas en serie derivadas de polímeros de poliuretano y con suerte 30 por ciento algodón.
Un rey no se hace, nace. A los reyes no se les debe abortar porque entonces dios se puede enojar y ya se sabe cómo se pone cuando anda enojado. Los plebeyos abortados enojan a dios tantito menos. En cada plebeyo que sí nace hay una alma potencialmente buena y servicial que bien puede atender religiosamente al rey en turno y así encontrarle sentido a su plebeya vida.
Los reyes cuentan con sus médicos personales, también con sus cocineros, jardineros, maestros, choferes, bufones, asesores y lambiscones para que les recuerden todos los reales días que sí existen y que eso está bien mientras ellos, a la vez, recuerdan también que existen y cuál es su función en el jerarquizado mundo y entonces, puedan ser los mejores médicos, cocineros, jardineros, maestros, choferes, bufones, asesores o nomás lambiscones y si no son los mejores, al menos sean algo y no nada como los que no nacieron y el mundo prescindió de su presencia sin que nada real sucediese.
A lo reyes se les aplaude nomás por ser, mientras que en respuesta ellos lanzan sonrisas, saluditos y se llevan la mano al corazón cuando se les menciona como diciendo que lo sienten, aunque no sientan más que el ruido que hacen las manos cuando chocan una contra la otra para expresar como que la gente se emociona por verlos portar sus brillantes coronas estando nomás ahí sobre sus tronos.
Los plebeyos juegan a ser reyes y hacen, convites, coronan al rey feo, a la reina guapa y lanzan saluditos, sonrisas y se llevan la mano al corazón cuando se les menciona como diciendo que lo sienten, se aplauden entre ellos y hacen como que se emocionan mientras se trepan a falsos tronos disfrazados de puestos gubernamentales, secretarías o direcciones administrativas que permiten ver para abajo a otros plebeyos que gracias a dios ya no son como ellos pero están ahí para aplaudirles, nomás por ser.
Los reyes no comen gorditas de yesca ni tacos de tripas o a lo mejor sí, pero yesca fina y tripa de primera calidad elaborada por la alta cocina con muchas estrellas michelín exclusiva para los paladares más exigentes.
La realeza no tiene que hacer fila para comprar tortillas ni se come tacos de sal mientras espera con paciencia ser atendido para comprar medio kilo nomás porque luego se hacen duras. La realeza no compra la Big Cola más grande porque sale más barata ni pone a tatemar los chilitos para que queden toreados y se les quite poquito lo bravo.
Los reyes no le raspan a la cacerola ni comen maruchan de camarón con chile habanero y galletas saladas que venden en los oxxos y están en promoción si se compra también una Big Cola.
Los reyes siempre comen finamente, los plebeyos a veces también y van a restaurantes en los que los traten como reyes, aunque les cobren poquito más caro y tengan que darle propina al valet parking que a veces hasta resulta ser su vecino.
No cualquiera puede ser rey, pero sí parecerlo, porque para ser rey se necesitan estandartes, coronas y cetros que sirvan como palancas para echar andar un mundo de simulación en el que se pueda diferenciar a los que son reyes de los que no, diferencia que, de otro modo, sería nomás tantito difícil entender.
