Los diputados tienen historia
El Poder Legislativo, por sí, y ante la administración pública, es históricamente el espacio fundamental de la política regional –así es antes y después de los procesos electorales-. Aunque hoy día algunos, sin profesión política y comprensión histórica, se colocan como emisarios o delegados del Ejecutivo.
Actualmente, al renunciar a la función histórica política, los diputados del gobierno (no de partido) hacen comedia de burocracia y por salario.
En historia de la política estatal, es importante situar que el Poder Legislativo es una institución anterior al Ejecutivo, basta con leer el índice de la Constitución local.
Los antecedentes del Legislativo no se limitan a la Constitución de Cádiz o la formación del Imperio, se remontan a las revoluciones inglesa y francesa, a las revueltas protestantes y a los mecanismos de defensa en la construcción misma del Estado.
Es básico saber: en México, y Zacatecas, desde los primigenios diputados (1823), además de saber leer y escribir, también debían hablar (eran doctores en Derecho, Teología o Filosofía). No podían auxiliarse con empleados personales para saber qué decir o no al dirigir la sesión; aprendían y ensayaban los reglamentos, los manuales del parlamentarismo europeo.
Cuando eran elegidos y aprobada su representación o credencial, lo primero que solicitaban eran los medios económicos para el traslado a la capital estatal. Separaban inmediatamente el disfrute de sus bienes de la dieta (recurso suficiente para el pago de residencia o domicilio postal, gastos de alimentos y quizá para el vestuario; en el edificio del Estado estaba una biblioteca apta para la función pública).
El fuero estaba vinculado a la libertad de pensamiento, era una liberación de naturaleza religiosa, no a los delitos de propiedad y seguridad personal.
En la primera fase republicana, el Legislativo era un poder permanente, aunque las sesiones eran martes, miércoles y ¡sábado! La política, el sostenimiento de clientelas e intermediarios, era a través de cartas o visitas ocasionales a sus demarcaciones. Luego crearon la Diputación permanente –se introdujeron los recesos legislativos- y le atribuyeron la supletoria de la soberanía: el presidente de ese comité era el suplente del gobernador.
Durante el régimen porfirista y en la fase del autoritarismo priísta –incluye el cardenismo- el Poder Legislativo local, como en otras entidades, los diputados eran representantes de los intereses económicos de su distrito, gestores ciudadanos y políticos que debían forjar trayectoria en el escenario público y no en el empleo asalariado, fuese para el partido, la burocracia y obvio la ambición de la modernidad posible del sistema político mexicano.
Ahora, algunos de los integrantes de la Legislatura son una muestra de la cultura política ordinaria que ha renunciado a la tradición, a la historia política; hoy día ser diputado es un empleo bien remunerado.
En fin, con la mayoría de los representantes no hay vocación política (por favor, no recurrir al eufemismo hipócrita de “servicio”, porque para eso están las asociaciones civiles, no los partidos políticos).
Invitación
Mañana, en Fresnillo, el colectivo 450 y la cafetería El Tunal (avenida Francisco García Salinas, 407. En la Casa Bonita Art Decó) invitan a la presentación del libro Jesús González Ortega. Notas y cronología sobre un lector de tierra adentro (1822 – 1881). Comentarán el editor Héctor Pedro González Ortega y los historiadores Héctor Gutiérrez Acevedo y Ernesto Aguilera Arellano. Modera el maestro Antonio Hinojosa Solís.
El libro es un conjunto de referencias documentadas sobre la trayectoria de uno de los políticos decimonónicos que está en los imaginarios colectivos -es nombre de calles, escuelas, edificios, esculturas, localidades y municipios-. El volumen lo construimos en orden cronológico, no entramos con preguntas o conclusiones hechas desde lecturas que acomoden coartadas historiográficas.
Su presencia hará distinción al libro y sus saberes.
