Ventilación artificial
Transportarse es llevar el cuerpo a otro lado en el que sea más útil. La gente se mueve buscando que su presencia sea de mayor utilidad, aunque sea para sí misma.
Hay que mover de lugar el cuerpo que cada quien anda cargando para un sinnúmero de actividades que hagan posible eso a lo que le llaman existir. Qué inútiles los cuerpos que están ahí nomás sin hacer nada mientras les pasa por encima el viento, como esperando degradarse de a poquito o que llegue algún dios de los que salen en los dibujos de los calendarios para que los rescaten de justificar la confusa existencia.
Airosos cuerpos creyentes al menos, disimulando que esperan secarse y que de repente se los lleve la brisa.
El viento es una fuerza casi gratuita de transporte que mueve las velas, los veleros y las carabelas, mueve los barcos piratas y los papalotes de niños que todavía no saben bien cómo limpiarse los mocos, mueve el cabello de alguna mujer que luego consultará algún espejo para arreglarlo.
A simple vista no se ve el viento, pero se escucha, se siente y hasta puede controlarse con unos aparatitos que le dan vueltas y lo dirigen a donde se considere necesario. Ventilar es dejar que el aire pase a hacer lo suyo mientras ninguna otra cosa suceda.
Se ventilan las habitaciones para que no se encierren demasiado las ausencias y puedan moverse los cuerpos en renovados ambientes. Se ventila también el interior del cuerpo respirando para que se junte lo de adentro con lo de afuera sin que nadie se dé cuenta.
Cuando se respira adecuadamente, nadie lo nota. Roncar, toser, estornudar y gemir se considera poco adecuado de hacer públicamente por respeto a los otros menos notorios pero adecuados cuerpos.
Respirar es olvidarse de hacerlo, porque tenerlo consciente, como que angustia. Como si no hubiera otras cosas mejores en qué pensar más que en estar respirando. Sacar el aire voluntariamente se dice soplar, y es algo así como convertir el cuerpo en un aparato exhalador para realizar ciertas actividades específicas y regularmente recreativas, ya sea inflar un globo, secarse las manos o tocar el saxofón. Algunas personas relacionan el sonido de los saxofones con el romanticismo, con Lisa Simpson o con Los Rieleros del Norte que cantan la del columpio.
La diferencia entre aire, viento, aliento o exhalación no es clara, aunque seguramente tendrá que ver con el lugar por donde pasa. Todos los cuerpos llevan su reserva de viento en unas bolsitas que se llaman pulmones y a los que a veces también les meten humo, vapor o fragancias múltiples.
Los cuerpos suelen perfumarse con esencias para que no huelan mucho a cuerpos sino a Chanel No. 5, a Mirra o ya de perdido a Rosa Venus. Oler es apropiarse de lo que el viento se lleva, aunque sea por un ratito. Hay olores que recuerdan eventos de la infancia, algún amor que ya se llevó el viento u otras de esas cosas invisibles y a lo mejor hasta inexistentes, como los dioses que salen en los dibujos de los calendarios que, si se ven, pero no diosan tanto.
Cuando alguien se cansa física o mentalmente, le falta el aliento. Afortunadamente, en cualquier Oxxo es posible comprar un paquete de Halls o de Tictac para que el aliento, cuando no falta, se disfrace de menta o de miel con limón que, al parecer, son más aceptables aromas que el de las bocas humanas.
Cuando un cuerpo deja de respirar, se le da respiración de boca a boca, que es algo así como pasarle aire prestado porque perdió el aliento. Parecería que un beso es respiración de boca a boca y a lo mejor sí, nomás que los besantes no necesariamente tienen que saber que les hacía falta el aliento ajeno.
Algunos cursis, románticos y empalagosos aseguran que las bocas también pueden transportar, pero mejor no creerles, que inútiles los cuerpos transportables en los besos, buscándose, aunque sea, para sí mismos.
Saliendo de un río que nunca es el mismo, de una alberca o de la regadera puede sentirse el invisible viento en el cuerpo. La utilidad de los cuerpos contraria a sentirlos, sentir es poco útil pero tal vez no esté de más cerrar a veces los ojos y sentir que pasa el aire, el viento o el aliento. Sentir lo inútil es saberse en un aquí y en un ahora, transportarse quizás a donde no importe tanto la utilidad de los transportables cuerpos.
