Algunas lecturas de los resultados electorales en Zacatecas I
El Programa de Resultados Electorales Preliminares de Zacatecas arrojaba números bastante elocuentes para el martes 4 de junio. Un día después se percibía cierta efervescencia con algunos actores ante las posibilidades de recuento y de modificación de los resultados.
Lo que en general se observaba era el estado de unos actores políticos contentos, otros tranquilos, otros preocupados, otros agobiados, otros molestos y en pie de lucha. Hubo de todo. Y, a partir de los datos y la interpretación de ellos en un contexto general de la situación gubernamental, política, económica y social de Zacatecas, es que nos aventuramos a lanzar una serie de interpretaciones y consideraciones de cara al mediano y largo plazos respecto a qué lecturas se pueden dar a los resultados.
En esta ocasión le ofrezco las primeras cinco que, de manera general, buscan crear un entendimiento abstracto para, eventualmente, ofrecer otras lecturas de mayor detalle.
Primero. Zacatecas se erige como un estado con una alta cultura de la alternancia política. Puede reaccionar y ser contestatario, dejar de manifiesto su desacuerdo con determinadas realidades gubernamentales y, a partir de ahí, decantarse por figuras que ganen a palmo la confianza y que tengan detrás a una organización partidista aceptable.
Ya no hay bloques absolutos entre los partidos; pero sí hay construcciones de mayorías. Las figuras de los partidos tienen que realizar un amplio trabajo de base para hacerse visibles -lo que no significa que generen simpatía, sino simple conocimiento- que les reditúe eventualmente en ser seleccionados a la hora del juego de suma cero en la boleta, pero estará latente la posibilidad de la alternancia política aderezada por el chapulineo, los desencuentros entre facciones partidistas y el surgimiento de nuevos rostros en contra de lo caciquil o “lo de siempre”.
Segundo. La participación ciudadana es aceptable en una elección intermedia local que se empata con una federal, pero aún seguimos teniendo una amplia franja de rechazo, enajenación, desinterés o apatía que nos lleva a que no crezcamos en ciudadanización electoral.
Tendríamos que aspirar a algo mayor, pero pareciera que estamos limitados al techo del 60 por ciento de participación, lo que significa que, en el escenario de construcción de mayorías, por un lado, combinado con la fragmentación de los bloques de voto por la existencia de fuerzas políticas que no obtienen ni su registro para una siguiente elección, se configura la escena donde unos cuantos -solamente dos o tres en una mesa de 10- decidirán por todos los presentes.
Tercera. Gobernar no es fácil, desgasta mucho y los primeros años de una administración son cruciales para la construcción de una solidez ejecutiva que permita afrontar los retos sociales y políticos, que son el caldo de cultivo para la disputa electoral de un medio término.
Los malos equipos generan malos resultados, y malos resultados son el ante paso del voto de castigo, además la soberbia y la enajenación de la realidad social, aunada a la permisibilidad del desarrollo de percepciones de gobierno negativas, van sumando puntos negativos en la valoración gubernamental.
Cuarto. El juego de las coaliciones formales, y las alianzas y cochupos informales en uniones partidistas, cuenta, y hay que tejerlo bien.
Pareciera que, entre los tomadores de decisiones político-partidistas, podría haber un mayor espacio de análisis de perfiles y circunstancias para ofrecer la mejor baraja política a la ciudadanía, no para cuotas y cuates. Hay expresiones que quisieron, pero no pudieron; otras que quisieron y fueron, pero no prendieron.
Hubo otros intentos de competencia electoral partidista y ni siquiera tuvieron la capacidad de “completar” fórmulas para distritos o planillas para ayuntamientos. A veces se quiere y se puede participar, pero a veces no se debe.
Como sea, esa construcción de realidades podría llevar a una mayor reflexión para que, más allá del pragmatismo y la inmediatez utilitaria del momento para juntarse en pos del poder, primero se junten para el ideal de “primero el plan, luego la persona”.
Quinto. El rol del ciudadano como funcionario electoral tiene mucha más importancia hoy más que nunca, y crecerá su consideración.
Mire usted: de acuerdo con información del INE, “las más de 170 mil 858 casillas […] estarán integradas por un Presidente/a, dos secretarios, tres escrutadores/as y tres suplentes generales, por lo que se designaron a 1 millón 532 mil 358 cargos”. Y a ello súmele las representaciones de los partidos políticos, en fin.
Estamos hablando de que, si se cumple la expectativa de la participación obligada y entusiasta de los ciudadanos como protagonistas de la elección desde las casillas, se amarra la idea de la confianza en las elecciones, incluso a pesar de que muchos funcionarios decidan no aparecer el día de la elección, no cumplan a cabalidad o bien, militen en alguna expresión política y busquen entorpecer.
La fuerza de la mayoría ciudadana se impone, pero se demanda mucha más participación profesional de los organismos electorales. Su trabajo cuenta, y cuenta mucho.
*Doctor en Ciencias Políticas y Sociales con orientación en Administración Pública, UNAM.
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