Antes la nobleza se demostraba con títulos; ahora, titularse supone capacidad, preparación o poder intelectual. Lo importante ya no es pertenecer a la nobleza de sangre, sino a la del papel debidamente sellado
En la burocracia criolla existe un ritual sagrado: antes de poder mirar a alguien a los ojos, hay que medirle el abolengo académico. El saludo y la despedida dejaron de ser el simplista “Buenos días” para convertirse en un heráldico “¿Cómo le va, mi Lic?”, “Hasta mañana, Doc” o “¿Cómo va todo, Inge?”. Ahora es posible medir a los seres humanos por el número de semestres cursados, bajo la bonita premisa de que un título colgado en la pared cura y exorciza eficazmente la imbecilidad que va incluida con el pecado original. A mayor número de papelitos que hablen, según diversos estudios, menor parece ser la incompetencia para enfrentarse a la vida.
Recientemente ha cobrado fuerza una fantasía delirante: la tecnocracia. El sueño guajiro de que el país debe ser gobernado no solo por políticos que salgan bien en las fotos y hagan como que barren la calle, sino por expertos científicos y monaguillos de la estadística. Si algo anda mal con la licuadora, se llama a un electricista; pero si la sociedad echa chispas, es momento de llamar a algún tecnócrata. Bajo el influjo de la iluminación académica, las malas decisiones ya no se atribuyen al vulgar voto popular, sino al mérito técnico y al rendimiento escolar. Que mueran las ideologías y que vivan los datos científicamente comprobados.
El pequeño detalle de ese sueño idílico, casi suizo, es que hay un problema de fondo. La educación del país se parece más a un club que se reserva el derecho de admisión, como cualquier antro de alcurnia. La realidad abofetea: apenas se consigue pasar de panzazo la educación secundaria. La gran mayoría, esa que hace posible la bendita democracia, apenas logra cursar el primer año del bachillerato. Uno de cada cinco paisanos puede presumir haber concluido una maratónica carrera. En un mundillo de licenciados tendrían que quedarse afuera cuatro de cada cinco almas, quizá piadosas, pero poco preparadas.
La cosa empeora en el embudo del posgrado, al que solo una o dos personas de cada cien consiguen llegar para ungirse con la sabiduría científica de altísimo nivel. Para llegar ahí, por supuesto, hay que sobrevivir antes a los trámites de conclusión, titulación y obtención de la bienaventurada cédula profesional. Esa charola certifica que se es menos jumento que antes. De cada diez que entran a la universidad, solo seis terminan las materias y apenas cuatro consiguen el dichoso título para colgarlo profesionalmente en la pared y, ahora sí, convertirse en licenciados, no le hace que estén desempleados.
Los estudiantes que no logran titularse sucumben ante trámites burocráticos más espesos que el atole y costos de titulación dignos de la hidalguía. Las escuelas privadas hacen su agosto y las públicas también, pero con mayor discreción porque no vaya la gente a pensar que se gastan mal sus impuestos. En la pública cualquier alumno es dispensable; en la privada, cualquier maestro. El cochino dinero es siempre necesario: de algún lado tiene que salir el recurso para malpagarles a los profes, ya sean de base, por contrato o por honorarios. Aunque también están los que llegan por herencia o admisión al cacicazgo. Y si milagrosamente sobrara algo, quizá alcanzaría para reparar los salones.
Frente a este panorama, la tecnocracia vende caro su amor aventurero, mientras el resto del pueblo sale a perseguir la papa sin andar pidiéndole a nadie permiso, sin título ni cédula que avalen su legitimidad profesional. ¿Cómo le hará la gente para vivir sin titularse? ¿Cómo se atreven? ¿Qué pensarían los marcianos de una civilización que necesita papelitos para demostrar que sabe algo? ¿Qué pensarán los punks, los poetas y Alex Syntek?
Mientras tanto, está científicamente comprobado que las ideologías también pueden disfrazarse de ciencia. Nadie menosprecia las sabias decisiones de los licenciados, pero, aunque esté matemáticamente demostrado que las mayorías pueden equivocarse, elevar a los expertos al trono de la sabiduría puede terminar por pinchurrear la voluntad popular. Muchos nuevos aristócratas desean que sus papelitos hablen por ellos. Antes la nobleza se demostraba con títulos; ahora, titularse supone capacidad, preparación o poder intelectual. Lo importante ya no es pertenecer a la nobleza de sangre, sino a la del papel debidamente sellado. El problema no es que los papelitos hablen, sino que algunos crean que, nomás por presumirlos, ya no necesitan decir ni hacer nada inteligente.
COLUMNA: EL SUEÑO DE LA RAZÓN
CABEZA: Papelitos que hablan
AUTOR: Israel Álvarez
