Ayudar al bien morir
La idea de la muerte ha estado presente en la mente de todos los seres humanos desde el surgimiento de nuestra especie. Algunos antropólogos mencionan que una de las primeras características de la humanidad es, precisamente, la costumbre de enterrar a nuestros muertos y dotarlos de todos los elementos, artefactos y rituales que los acompañen en el viaje al más allá. Civilizaciones enteras han elaborado complicados rituales en torno a la despedida de la vida terrenal, y aún ahora, hombres y mujeres del siglo XXI seguimos preguntándonos cómo prepararnos para pasar ese tránsito, si es que existe algo más allá del silencio. Por ello, hoy quisiera recuperar la historia breve de una congregación que se dedicó específicamente a ayudar al bien morir. ¿Había escuchado de la congregación de la Buena Muerte?
En 1648, en la iglesia de Jesús en Roma, un jesuita de Nápoles llamado Vincenzo Carafa tuvo una idea que hoy sonaría muy escabrosa: reunir a la gente para prepararse a morir. Sin embargo, aunque suene a mala broma, dentro de la mentalidad barroca esto era el pan de cada día; la muerte era un tema siempre presente que la Iglesia católica se encargaba de recordar en todo momento. En la cultura de la Contrarreforma católica —es decir, en su batalla contra el protestantismo—, no hubo cosa más importante que preparar al fiel para la muerte, invitándolo a rendir cuentas claras al final de su vida. El hombre barroco tenía bien claro que la muerte era la única cita a la que no faltaría.
Así nació la congregación de la Buena Muerte. Sus miembros meditaban sobre la Pasión de Cristo o los dolores de María, oían pláticas, se confesaban, rezaban unos por otros y se prometían acompañarse en la agonía de la última hora. En 1729, el papa la elevó a archicofradía y de Roma, los jesuitas la fueron llevando en sus iglesias a ambos lados del Atlántico.
Llegó a la Nueva España en la Casa de la Profesa en Ciudad de México y también en ciudades como la nuestra. Aquí, en el templo de Santo Domingo, antes perteneciente a los jesuitas, tuvo un altar junto con el de la Anunciata, convirtiéndose en dos congregaciones sostenidas por un buen número de habitantes deseosos de acompañarse para morir bien.
Como recordará, la Corona española expulsó a los jesuitas de todos sus reinos en 1767 y con ello la congregación desapareció. Después, vinieron las guerras, las desamortizaciones y las Leyes de Reforma que deshicieron este tipo de organizaciones. Fue así como irónicamente, la congregación de la Buena Muerte murió.
Sin embargo, gracias a un folleto que el investigador Bernardo del Hoyo tuvo a bien divulgar hace unos años, sabemos que la congregación apareció nuevamente en nuestra ciudad en el año de 1896 durante el gobierno episcopal de Fray Buenaventura del Sagrado Corazón de María Portillo y Tejada. El objetivo era el mismo, aunque ya no era una congregación exclusivamente de una orden religiosa, sino diocesana. El folleto en cuestión cita el manual del jesuita Alexis Lefbvre, quien fue un sacerdote bastante influyente en su época que consiguió que la congregación de la Buena Muerte, refundada por él en París en 1859, tuviera más de 100,000 seguidores. Todo indica que esta devoción llegó a Zacatecas a finales del siglo XIX, en pleno porfiriato y gusto por lo afrancesado. Dntro de la diócesis zacatecana se experimentaba un auge de asociaciones y sociabilidades católicas que eran símbolo y síntoma de la época, ya que los católicos mexicanos estaban reorganizándose después de lo que implicó el triunfó liberal y secular de la Guerra de Reforma.
Los socios de la Buena Muerte se comprometían a asistir a misa todos los martes y a dejar una limosna en la capilla del Refugio, y entre otras cosas, ofrecer compañía y oración para cualquier congregante que estuviera a punto de pasar al más allá. Aunque ya vivían en un país laico y secular en muchos aspectos, con ferrocarril, telégrafo y fe en el progreso, muchos siguieron organizándose bajo la creencia de que no hay mejor inversión que la que se hace para el último día, especialmente, si se acompaña con oraciones y se evita el morir solo.
*Maestra en Estética y Arte
