D’ Guadiana reivindica el legado de don Armando con una novillada de buena nota; Miriam Cabas corta dos orejas y rabo, mientras Morales Ramos, Rafael Ayala y André Gonçalves redondean una noche de triunfos en Zacatecas
Hay hombres que se van y dejan detrás algo más que su nombre. Dejan una obra capaz de continuar sin ellos. El tiempo, que suele poner cada historia en su sitio, termina por demostrar que permanecer no significa quedarse, sino haber sembrado lo suficiente para que otros continúen.
Anoche, en Zacatecas, hubo mucho de eso.
Volvió a lidiarse el hierro de D’ Guadiana en una tierra que conoce bien el significado del toro bravo. Y en cada embestida apareció inevitablemente la memoria de don Armando Guadiana, ya no desde la ausencia, sino desde aquello que permanece: una ganadería con cimientos, identidad y futuro.
La novillada tuvo nobleza, calidad y movilidad, virtudes que permitieron el triunfo y que dejaron también una lectura más profunda en un momento en el que la tauromaquia zacatecana se aferra a seguir latiendo. Porque hay tardes que se cuentan por orejas y otras que, además, explican por qué todavía merece la pena insistir.
Fue noche de jóvenes. De quienes comienzan a abrirse camino y entienden que en el toreo nada está concedido de antemano.
Rafael Ayala abrió plaza con “Tocayo”, de 363 kilos, un ejemplar con movilidad y calidad que permitió al rejoneador mostrar los avances de su concepto. Hubo firmeza, buenos cites de frente y lucimiento con las banderillas, particularmente con las cortas. Colocó bien el rejón final y cortó una oreja.
El portugués André Gonçalves encontró después a “Julián”, de 365 kilos, otro ejemplar de importante condición. Toreó de costado con temple y mando, entendiendo terrenos y querencias y llevando las acometidas con suavidad. El tercio de banderillas tuvo pulcritud, emoción y medida; tres encuentros ejecutados en el momento preciso levantaron al tendido. El rejón de muerte impidió que la recompensa fuera mayor y paseó una oreja. El novillo recibió arrastre lento.
A pie, Morales Ramos tuvo primero a “Don Julio”, de 386 kilos, al que entendió fundamentalmente por el pitón derecho. Ligó series con fondo ante la clase y nobleza del ejemplar y construyó una faena de interés, aunque la espada terminó diluyendo el premio. Fue aplaudido tras escuchar un aviso.
Entonces apareció Miriam Cabas.
La española se presentó ante la afición zacatecana con “Villa Muelas”, de 351 kilos, en una actuación que ya anticipaba lo que vendría después. Brindó a Pedro Haces y comenzó doblándose por bajo con solvencia, mientras el viento complicaba el manejo de los engaños. No se descompuso. Por el izquierdo corrió la mano con firmeza y largura; hubo verticalidad, oficio y una manera limpia de interpretar el toreo. La espada dejó todo en palmas, pero su carta de presentación estaba puesta sobre la mesa.
Morales Ramos regresó con “Toledano”, de 365 kilos. Esta vez hubo determinación desde el inicio, incluso con un cambiado por la espalda que marcó la disposición de una faena en la que porfió especialmente por el pitón derecho. El novillo colaboró y el joven respondió con arrojo. Una estocada certera puso en sus manos las dos orejas. “Toledano” recibió arrastre lento.
Pero todavía faltaba la faena que terminaría por marcar la noche.
“Chatarrero”, de 406 kilos, tuvo nobleza y clase, y Miriam Cabas comprendió pronto que delante tenía una oportunidad que no podía dejar escapar. Brindó a la afición y toreó sin prisas. El temple fue la columna vertebral de una faena en la que acompañó las embestidas con la cintura y dejó ver las buenas maneras que aquilata.
Por el derecho hubo calidad y continuidad; por el izquierdo, los naturales surgieron suaves, largos, sin violentar la embestida. Miriam no quiso imponerse al novillo: lo acompañó. Y quizá ahí estuvo la diferencia. Cuando toro y torero encuentran un mismo ritmo, el toreo deja de parecer una lucha para convertirse, por unos instantes, en entendimiento.
Esta vez la espada cayó certera.
Dos orejas y rabo para la española y una fuerte ovación para “Chatarrero” en el arrastre. Más allá de los máximos trofeos, Miriam dejó en Zacatecas el nombre de una joven torera a la que habrá que seguir mirando.
Quedaba todavía la segunda parte de los rejoneadores.
Rafael Ayala lidió a “Orfebre”, de 495 kilos, al que paró con mando desde los primeros compases. Construyó después una actuación de claridad y seguridad, especialmente lucida en banderillas, clavando de frente y aprovechando las embestidas. Hubo variedad con las cortas y una conexión constante con el tendido. Paseó una oreja de peso.
André Gonçalves cerró con “Fontanero”, de 400 kilos, el ejemplar de menores prestaciones de la noche. El portugués tuvo que hacer el esfuerzo: llegarle, pisar terrenos comprometidos y provocar unas acometidas que no siempre llegaron con facilidad. La entrega sostuvo la faena y la efectividad con el rejón de muerte le permitió cortar dos orejas.
Terminó así una noche de triunfos, pero reducirla al balance de trofeos sería contar solamente una parte.
Porque mientras cuatro jóvenes buscaban abrirse camino, detrás estaba la historia de alguien que ya había recorrido el suyo. Don Armando Guadiana no estuvo en la plaza, pero estuvo su obra. Y quizá ésa sea una de las formas más hondas de permanecer.
También la fiesta en Zacatecas atraviesa su propia batalla contra el tiempo. Se sostiene porque existen quienes crían un toro, quienes se ponen delante, quienes montan un caballo, quienes abren una plaza y quienes todavía ocupan un tendido convencidos de que hay cosas que merecen ser preservadas.
Nada de ello garantiza el futuro. El futuro nunca está garantizado.
Hay que sembrarlo.
Anoche D’ Guadiana recordó que algunas semillas tardan en mostrar cuánto arraigaron. Un hierro, una memoria, cuatro jóvenes y una afición hicieron el resto.
Porque al final quizá permanecer sea solamente eso: haber dejado algo vivo cuando uno ya no está para verlo crecer.
Fotos: Manolo Briones



































































