Previo a los cristeros (2)
En mi texto de la semana pasada establecí el compromiso con mi lector de hablar de los antecedentes del conflicto cristero cuyo primer centenario -conmemorado este año- ha traído al presente los rescoldos de aquella guerra librada entre mexicanos por la ley y Cristo Rey.
Resulta que, como dije entonces, el pleito no era nuevo ni surgía de la nada. Resultó ser un capítulo más de un proceso de tensiones, negociaciones y resistencias entre la Iglesia católica y el Estado mexicano que ya llevaba más de medio siglo sin poderse zanjar.
La Revolución Mexicana junto con la Constitución de 1917, habían dado al traste con el periodo de relativa tranquilidad -o de conciliación, como se ha llamado- en el que el catolicismo se reestructuró y organizó a sus fieles, a través de la acción social e incluso política. Y es que en el periodo que va de 1870 a 1912, aproximadamente, la jerarquía católica impulsó a sus fieles mexicanos a organizarse en asociaciones, a fundar periódicos en defensa de la religión y a sostener, por medio de devociones nacionales y/o locales, una identidad católica frente a los avances de la secularización social y política que pretendía dejar lo religioso en la intimidad de los hogares y no en el espacio público.
Ya desde 1869 se había fundado en México la Sociedad Católica, cuyo objetivo fue fungir como una especie de resistencia cultural y educativa frente a los postulados del Estado liberal. Se publicitaban a través de periódicos y veladas literarias en las que admitían a una buena parte del sector intelectual conservador de la época. Para 1870 la encontramos en Zacatecas, con hombres y mujeres engrosando sus filas y afiliando a personajes de la élite con el compromiso de promover la educación confesional, formando escuelas de niñas y niños, así como fundando periódicos como El Católico y la Antorcha católica.
Sin embargo, esta sociedad no fue la única; a su alrededor y durante las décadas siguientes comenzaron a proliferar otras de tipo devocional, como la Asociación Guadalupana, la de la Sagrada Familia, la Asociación Josefina, entre otras. Aunque su objetivo fue principalmente religioso, no dejaban de lado aspectos educativos o de caridad, comenzando a formar una red de sociabilidad en la que el catolicismo no se limitaba a la asistencia al templo. Eran grupos por personas que aprendían a reunirse, establecer cuotas, administrar recursos y organizar actividades para lograr objetivos comunes, fraguando un aprendizaje asociativo que vendría a ser importante en las décadas posteriores.
Más adelante, hacia finales del siglo XIX (19), comenzó a cobrar fuerza una preocupación que vendría a delinear la acción católica que ya había comenzado a organizarse; la llamada cuestión social. Y es que el rápido crecimiento de las ciudades aunado a la industrialización y el avance tecnológico había puesto sobre la mesa la discusión en torno a las condiciones laborales de millones de personas en el mundo. Había fábricas por doquier y locomotoras ensordecedoras que habían traído la modernidad en un cambiante siglo XIX, pero también con ello, se había exacerbado la desigualdad a través de la pauperización de obreros y trabajadores de toda índole. Frente a este panorama la Iglesia católica construyó una respuesta alterna al socialismo; en 1891, León XIII publicó la encíclica Rerum Novarum en la que llamó a los católicos a intervenir, a reconocer las condiciones de explotación y a rechazar la lucha de clases, proponiendo la cooperación y organización bajo principios obviamente católicos.
En Zacatecas, aunque no se publicó ni se dio más voz a la encíclica, estas ideas comenzaron a encontrar terreno fértil a partir del siglo XX (20), donde surgieron círculos de obreros y obreras católicas así como sociedades mutualistas destinadas a proporcionar auxilio y formación cristiana a los trabajadores.
En 1912 se fundó el Círculo de Obreros Católicos de Zacatecas, cuyo lema “Dios, Patria y Trabajo” cobijó a artesanos, mineros, jornaleros para proporcionar auxilios temporales y espirituales. Cada miembro que pagó su cuota, contó con un fondo de ahorro, servicio médico y seguro por fallecimiento. También hubo una organización homónima para mujeres, que además contó en 1913, con una “pensión” o “guardería” para el cuidado de las niñas de las agremiadas, denominada “La amiga de la obrera” en lo que actualmente es la escuela de Conservación y Restauración en la Alameda. También en 1912 se llevó a cabo en la ciudad la Cuarta Semana Social Mexicana, que finalmente encontraría eco en otro espacio de acción católica por parte de la feligresía: la política. Pero de eso hablaremos la próxima semana.
*Maestra en Estética y Arte
