Rescatar imágenes para preservar la memoria (II)
La semana pasada cerré esta colaboración con una serie de preguntas sobre el patrimonio audivisual: ¿Qué archivos audiovisuales existen actualmente en Zacatecas?, ¿qué materiales conservan nuestros medios de comunicación?, ¿dónde estarán las imágenes que dentro de 50 o cien años permitirán reconstruir cómo vivíamos en las primeras décadas del siglo 21 o las últimas del siglo 20?
Lo traigo a colación porque considero que vale la pena volver sobre ellas ya que en realidad, detrás de cada una hay una reflexión mucho más amplia sobre la forma en que entendemos el patrimonio. En una ciudad como Zacatecas, donde el discurso patrimonial suele estar asociado con la arquitectura, el paisaje urbano y el reconocimiento de nuestro centro histórico como Patrimonio Mundial, pocas veces pensamos que la memoria colectiva también puede preservarse en otros soportes. Para los historiadores, el pasado también vive en archivos, colecciones documentales, fotografías, periódicos, registros sonoros y materiales audiovisuales que permiten reconstruir aquello que una sociedad pensó, sintió y consideró importante en un momento dado.
Desde esta perspectiva, los medios de comunicación locales adquieren un valor patrimonial que pocas veces reconocemos. Programas de televisión, noticieros, entrevistas, reportajes, transmisiones especiales o coberturas de acontecimientos públicos generan registros que, con el paso del tiempo, dejan de ser únicamente productos informativos para convertirse en verdaderas fuentes históricas.
No porque narren o retraten la realidad o la verdad absoluta, como tampoco lo hace cualquier otra fuente documental, sino porque nos permiten observar cómo una comunidad se representó a sí misma, qué acontecimientos consideró relevantes, cuáles fueron sus preocupaciones cotidianas y de qué manera interpretó su propia realidad.
Por ello, proyectos como el que actualmente desarrolla El Colegio de San Luis en torno al rescate del acervo del Canal Nueve TV (el canal estatal de la entidad vecina) no solo representan un esfuerzo técnico de digitalización, sino que abren una conversación que bien podría extenderse a otros estados, entre ellos Zacatecas. En ese proyecto se están recuperando los archivos audiovisuales desde la década de 1980 para ponerlos al servicio de investigadores que busquen echarse un clavado a esa realidad cotidiana de 40 años atrás. Las posibilidades de investigación son muchas y variadas, uno puede irse por aspectos culturales como la forma de vestir o de divertirse, hasta otros más políticos y económicos, como los aspectos que los medios resaltaban como problemáticos en una época.
La historia que escriban de nosotros en el futuro dependerá, en buena medida, de las decisiones de conservación que tomemos hoy. Pensemos cuánta información resguardamos hoy en formato digital, desde las fotos de lo que cenamos anoche o las fotos de nuestro cumpleaños, hasta documentación personal y laboral. Durante mucho tiempo el trabajo archivístico estuvo orientado principalmente a la preservación de documentos escritos. Sin embargo, las formas contemporáneas de construir memoria son cada vez más variadas y muchas de ellas audiovisuales. Gran parte de nuestra experiencia colectiva queda registrada en videos, audios y soportes digitales cuya permanencia está lejos de estar garantizada. ¿Se ha preguntado qué pasó con las fotos que tomó hace 10 años con otro celular? ¿Se preocupó por conservarlas? Paradójicamente, producimos más imágenes que nunca, pero pocas veces pensamos en su conservación a largo plazo. Antes la impresión nos garantizaba su supervivencia, ahora no.
El desafío tampoco consiste únicamente en almacenar información. Conservar un archivo audiovisual implica infraestructura especializada, procesos de catalogación, recursos técnicos, cambio constante de formatos y políticas institucionales que permitan mantener esos materiales accesibles a todos, aún a pesar de la obsolescencia de muchos aparatos. De poco sirve preservar una cinta si dentro de algunos años ya no existe el equipo necesario para reproducirla.
Necesitamos reconocer que esas imágenes también son patrimonio. Cuando desaparece un archivo audiovisual no se pierde solamente un conjunto de grabaciones, se pierden voces, gestos, formas de hablar, paisajes urbanos que ya no existen, celebraciones populares, conflictos sociales, campañas políticas, manifestaciones culturales y múltiples experiencias de la vida cotidiana que difícilmente quedaron registradas en otros documentos.
Ha llegado el momento de ampliar nuestra conversación sobre patrimonio en el ámbito local y garantizar que esas memorias permanezcan disponibles para las generaciones futuras. Aquello que decidimos conservar habla tanto de nuestro pasado como de nuestro presente y las elecciones que tomamos para el futuro.
*Maestra en Estética y Arte
