Puertas abiertas
El origen etimológico de la palabra patrimonio, viene del latín que significa, palabras más, palabras menos, el “conjunto de bienes que heredamos”. Note que el plural de esta definición implica algo que sabemos, pero que con frecuencia olvidamos, la noción de que el patrimonio cultural nos pertenece a todos.
Pero en el trajín cotidiano y en el cúmulo de asuntos que captan nuestra atención, el gusto o interés por nuestro patrimonio -por eso que heredamos- suele traspapelarse. Creemos que aquellos monumentos y edificios que fueron testigos de otros tiempos permanecerán siempre ahí, inertes ante el paso del tiempo.
Peor aún, solemos pensar que las tradiciones que nos dan identidad, esas formas de hacer, de celebrar, de cocinar, de hablar y de comprender el mundo que recibimos de generaciones anteriores, seguirán existiendo dentro de cien o doscientos años por el simple hecho de existir hoy.
Lo cierto es que no. La historia está llena de ejemplos de ciudades destruidas, monumentos desaparecidos, archivos perdidos y expresiones culturales que se extinguieron para siempre y de las que ahora solo quedan recuerdos. Por ello surgieron mecanismos internacionales de protección, como la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, con la intención de evitar que aquello que representa una herencia invaluable para la humanidad desaparezca de manera irrecuperable.
En este contexto, hoy quiero aplaudir y agradecir iniciativas como la de Puertas Abiertas, un evento que permitió que durante dos días los zacatecanos pudieran reencontrarse con su patrimonio y recordar por qué somos particularmente afortunados en términos históricos y culturales.
Tuve la oportunidad de participar gracias a la invitación de la arquitecta Fernanda Vargas, su directora y gestora, una zacatecana que con un notorio amor por la ciudad, su patrimonio y su historia, reunió a especialistas de diversos campos y orígenes para volver a abrir una conversación siempre pertinente: que el patrimonio, como herencia del pasado, sigue vivo.
En el Centro Cultural Casa del Cobre pudimos escuchar a profesionales en arte, gastronomía, conservación y patrimonio que abrieron la puerta no solo a lo que heredamos del pasado, sino a la posibilidad de valorarlo. Los asistentes, notoriamente interesados, no fueron pasivos ni silentes receptores, fueron partícipes de un diálogo que hoy más que nunca se antoja pertinente, a pesar de las múltiples problemáticas que nos aquejan como país y como ciudad. Porque esa conversación nos hace volver a nuestra raíz, a nuestro origen y a lo que es nuestro.
En el caso zacatecano, somos herederos de una belleza que no radica únicamente en la en sus edificios, de sus templos o en la caótica armonía de sus calles y callejones. Sino también en el resultado de siglos de encuentros, conflictos, intercambios y experiencias humanas que dejaron huella en lo que concebimos como ciudad. Somos herederos de un patrimonio que se materializa en la piedra, pero también en la memoria, en la gastronomía, en las expresiones artísticas y en las historias que aún circulan entre nosotros y por tanto, nos toca no solo interesarnos por él, sino cuidarlo y hacer que permanezca.
Uno de los grandes aciertos de Puertas Abiertas fue precisamente recordarnos que el patrimonio no es un escenario inmóvil destinado únicamente a ser contemplado. Por el contrario, se trata de una construcción colectiva que cobra sentido cuando es conocida, apropiada y disfrutada por quienes la habitan. Hemos creído que la conservación del patrimonio es una tarea reservada para especialistas: historiadores, arquitectos, restauradores o funcionarios. Hoy sabemos que esa visión es insuficiente. Ninguna política de conservación puede prosperar sin el involucramiento de todos. Las ciudades patrimoniales no se preservan únicamente mediante decretos o reglamentos, se preservan cuando sus habitantes desarrollan vínculos con aquello que desean proteger y se preocupan por su gestión.
Abrir espacios, permitir recorridos, conversaciones, talleres y encuentros con especialistas, genera algo más valioso que cualquier discurso, pues despierta curiosidad y la curiosidad suele ser el primer paso hacia el cuidado. Por eso, Puertas Abiertas es una metáfora muy noble; nuestra ciudad no es un museo que nos aleja de espacios como si estuviesen separados por una vitrina. No. La ciudad está abierta, dispuesta para hacerle preguntas, recorrerla, observarla a través de un patrimonio que se respira y que vive gracias a las personas que le otorgan significado, generación tras generación. Enhorabuena por esta iniciativa.
*Maestra en Estética y Arte*
