El castigo es un reforzamiento negativo ante una acción, como una penitencia o una pena, y parece ser el método favorito de la ley, del Estado y, supuestamente, de dios
A un doctor austriaco llamado Sigmundo se le ocurrió, entre otras simpáticas ocurrencias, que se nace con un deseo inconsciente de darle matarile al progenitor del mismo género para quedarse exclusivamente con el del género opuesto. Dicho muy brutalmente, esa competencia inaugural de violencia intrafamiliar toma su nombre de la novela de un inglés llamado William en la que un rey desvive a su papi y termina casándose con su mami, algo que actualmente podría sonar tan escandaloso que hasta podría resultar interesante.
Por supuesto, la propuesta pretende moverse en el terreno de lo simbólico; basta preguntarle a cualquier papá si realmente se siente odiado por su hijo varón y si entonces sería la mamá quien ocupa ese lugar privilegiado. Más allá de lo dogmático, convendría indagar de dónde pudo haber salido semejante ocurrencia.
Quizá no sea casual que, en la religión católica, el sacrificado sí sea el papá, quien a la vez fue hijo y también se peleaba con su propio progenitor cuando se sentía abandonado. El dios de los cristianos es varón, así como sus hijos que sí tienen permiso de difundir sus enseñanzas en los centros ceremoniales donde hasta se les puede llamar padres. En México también se le dice padre a lo que es muy agradable y su aumentativo es padrísimo, muy diferente de padrote, porque eso se refiere a actividades poco dignas e inmorales de algunos hijitos de dios en la Tierra. El rol paterno suele asociarse con la autoridad y con la provisión, sin hache, cuando existe; cuando no, suele haber otros padres sustitutos disponibles por ausencia.
Por allá a finales de los sesenta, un papa, sin tilde, llamado Pablo VI acuñó el término paternidad responsable. Tiempo después la UNICEF lo adoptó y luego en México se propuso una ley con el mismo nombre para referirse a la presencia activa, la equidad en el cuidado y el pleno desarrollo emocional, material y moral de los hijos. A veces, cuando las obligaciones no están en la ley, es difícil que se respeten; a veces, aun estando, también. Pero al menos existe la posibilidad de judicializar la exigencia y castigar a alguien por hacer las cosas mal, como a veces también hacen los padres con sus vástagos. El castigo es un reforzamiento negativo ante un comportamiento, como una penitencia o una pena, y parece ser el método favorito de la ley, del Estado y, supuestamente, de dios.
Además de enseñar a respetar la ley, la moral y las buenas costumbres, los papás a veces enseñan oficios, pasiones o pasatiempos que sus hijitos podrán disfrutar y quizá transmitir a otros hasta convertirlos en costumbres de esas que ya nadie sabe muy bien de dónde llegaron. La prohibición determina lo que no está permitido y regularmente se aprende desde la propia familia, muchas veces sin darse cuenta. Dicen que lo que no está prohibido está permitido, pero prohibir no siempre ayuda porque, si ayudara, no habría delincuentes que insisten en realizar actividades que claramente nadie les permitió y de las que luego se les puede echar la culpa a los gobernantes por no saber ejercer adecuadamente el rol de autoridad. A diferencia de los padres, a las autoridades sí se les puede elegir; por eso resulta mucho más fácil reclamarles.
A los hijos no se les debe dar gusto siempre porque también eso les puede hacer daño y pueden terminar muy malcriados. De todos modos, lo que esté bien o esté mal se determina por la sociedad en la que viven y, por supuesto, por las decisiones de sus propios padres, que a su vez alguien más determinó. Algunos consideran que, en vez de castigar, conviene premiar para reforzar positivamente ciertos comportamientos y que los hijos no terminen odiándolos tanto por imponer el orden únicamente a base de sanciones.
Por lo regular hay un progenitor que representa más la ley que el otro y, por lo mismo, suele ganarse el reclamo por ejercer la mala autoridad. Quizá por dinámicas como esa al doctor austriaco se le ocurrió que el deseo y el odio se repartían irracionalmente según el género de los progenitores y no, más bien, según los roles de autoridad que cada cultura y contexto social permitió asignarles.
COLUMNA: EL SUEÑO DE LA RAZÓN
AUTOR: Israel Álvarez
CABEZA: En el nombre del padre
