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    Opinión Por DAVID H. LÓPEZ

    La rana venenosa

    19 de marzo de 2026No hay comentarios4 Minutos de lectura
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    Por primera vez en más de un siglo, las fuerzas armadas estadounidenses estarían penetrando un territorio que no es solo el vecino del sur, sino una extensión social y poblacional del propio Estados Unidos.

    La frontera que divide a ambas naciones es, en términos demográficos y culturales, una de las más porosas del mundo: millones de familias viven literalmente partidas en dos, y las economías regionales dependen de un flujo constante que ignora la línea imaginaria del tratado de 1848. Invadir México no es como intervenir en Granada o Panamá; es como operar quirúrgicamente sobre un órgano conectado por millones de venas al propio cuerpo. La expedición punitiva de 1916 contra Pancho Villa, comandada por el general Pershing, fue un episodio acotado en un país rural y semifeudal.

    Pero quienes piensen que este México y estos Estados Unidos son los mismos de hace un siglo —cuando se perseguía a un hombre a caballo— les urge leer “Los cañones de agosto”. El clásico de Barbara Tuchman advierte cómo la rigidez de los mandos y la subestimación del adversario convirtieron un conflicto localizable en la catástrofe de 1914.

    Hoy, los misiles hipersónicos y los drones no pueden borrar esa lección: una chispa en el lugar equivocado incendia continentes o al menos prende la mecha.

    Los poderes del inframundo criminal, con sus tentáculos financieros que lavan dinero desde Wall Street hasta paraísos fiscales en todo el mundo, y sus brazos territoriales que controlan plazas en ambos lados de la frontera, verán en la incursión algo más complejo que una simple amenaza. Para ellos será también una tentación. La de reconfigurar el equilibrio de fuerzas prevaleciente en un sistema político americano ya de por sí comprometido en su estabilidad. Como ha sucedido en otros conflictos, los cárteles no solo se defenderán; buscarán explotar el caos para fortalecerse.

    Algunos podrían fragmentarse, pero otros —los más adaptables— utilizarán la intervención como coartada para rearmarse moralmente ante la población, presentándose como resistentes ante el invasor.

    La estructura criminal, lejos de colapsar, encontrará en la guerra un nuevo mercado: el de la inteligencia, el de las alianzas temporales con actores descontentos, el de la desestabilización como negocio.

    El sistema político estadounidense, ya fracturado por crisis internas, tendrá que gestionar no solo la violencia importada, sino la radicalización de sectores que verán en el caos mexicano un espejo de sus propias batallas culturales.

    Las consecuencias no serán instantáneas. Tal vez habrá una “rendición” en 48 horas o un “misión cumplida” al estilo de las operaciones quirúrgicas del pasado. Pero el veneno de la rana operará con alevosía y eficiencia.

    Durante meses, tal vez años, la violencia se irá filtrando como el agua que erosiona una presa: primero una gotera aquí, un asesinato de un agente allá, después la aparición de células durmientes en ciudades del medio oeste, más tarde el ajuste de cuentas entre bandas rivales que, hasta ayer, se respetaban una cierta tregua tácita en función de intereses y territorios.

    El toque de dedo a la rana venenosa desatará demonios territoriales que México ha padecido por décadas, pero que ahora encontrarán un nuevo tablero: las calles de Estados Unidos. La guerra contra las drogas, que hasta ahora se libraba con pies en territorio ajeno, se trasladará físicamente a los suburbios y a las rutas de distribución interna. El crimen organizado global, como advierten los expertos, no entiende de fronteras ni de soberanías; se adapta, muta y encuentra en la inestabilidad su mejor aliado.

    Finalmente, la estructura y conducción imperial se modificarán con el caldo de cultivo ya propiciado por otros elementos que tienen a Estados Unidos en crisis: la polarización política extrema, el descontento social, la desconfianza en las instituciones y una economía que resiente cada bala perdida. Una intervención fallida —o incluso una “exitosa” sobre el papel— acelerará procesos que ya estaban en marcha: la pérdida de legitimidad del gobierno federal, el fortalecimiento de milicias locales, el cuestionamiento del liderazgo estadounidense en el continente.

    El imperio, como todo organismo vivo, reacciona a las infecciones. Pero cuando el patógeno es la propia guerra que se exportó y ahora regresa a casa, la cura puede ser más letal que la enfermedad. Despertar esos demonios es una certeza si se decide tocar a la rana. Y el veneno, una vez liberado, no distinguirá entre culpables e inocentes.

    Tal vez la medida, en el pensamiento estratégico de Trump y su círculo, sea inevitable. Ojalá actúen al menos conscientes de que sus consecuencias también lo serán.

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