El imperio herido ya no negocia; actúa. El ataque del 3 de enero a Venezuela fue más que una operación militar: un asalto calculado al derecho internacional. Las bolsas, termómetro de la ansiedad global, reflejan el capricho de mercados que en la incertidumbre solo anhelan desregulación y rédito. Es la fuerza desatada del poder en estado puro. El engendro de Hobbes en su peor expresión: el Leviatán, fúrico, avanza sin detenerse al servicio de intereses y devora la soberanía ajena para alimentar su permanencia.
La figura de Trump encarna esta lógica. No es un estadista, sino un transgresor profesional cuyo genio fue entender que las viejas formas de la política —los rituales, la afabilidad diplomática— podían descartarse como debilidad. Desprecia la farsa del servicio público porque no sirve a un público, sino a una idea fija de poder unipersonal. Como outsider, prometió ruptura. Hoy, tiene el rostro de la imprevisibilidad y el puño cerrado de la acción unilateral. Su retórica es un golpe de realidad para un establishment global paralizado.
Venezuela es ya un hecho consumado, un país reducido a botín en horas. Se obtuvo más que petróleo, oro o tierras raras: se recuperó el control simbólico del “patio trasero”. No con la elegancia imperial de antaño, sino con brutalidad eficaz. El mensaje para Brasilia, Ciudad de México o Bogotá es claro: la Doctrina Monroe está viva, armada y es violenta. El amedrentamiento es perfecto: se suelta una amenaza (“hay que hacer algo con México”), se retracta parcialmente en televisión, y se deja que el miedo y la esperanza de algunos apátridas hagan el resto. El guion para depositar a un presidente ya está escrito.
Ahora la mirada se vuelve hacia Groenlandia. La idea, una vez ridiculizada, resurge. Sería meterse con Dinamarca, un pequeño imperio europeo pero, en términos de poder real, tan vulnerable como lo fue Venezuela. La verdadera pregunta es si Europa encontrará la voluntad colectiva para responder. El panorama es desolador: Europa no atina a salir del pasmo. Paralizada por su dependencia y fragmentación, balbucea declaraciones de “preocupación” mientras el orden que garantizaba su seguridad se desvanece. Su silencio estratégico es quizás la mayor victoria de Trump.
Así inicia 2026. Desde su tercer día, augura un crudo invierno para la libertad y la dignidad. La historia nos muestra con crudeza que el derecho es frágil y que la soberanía puede ser condicional.
Sin embargo, en ese mismo acto de mostrarnos su peor rostro, la historia también activa sus anticuerpos. La reacción global, aunque desigual, ha sido de una condena profunda y mayoritaria. La sesión de emergencia en el Consejo de Seguridad de la otrora inservible ONU, la movilización diplomática de potencias medianas, y la indignación ciudadana en foros de todo el mundo, son semillas de un contrapeso que crece a contrarreloj. Este evento no ha pasado desapercibido; ha quedado registrado como una línea roja cruzada, un precedente que galvaniza a sus víctimas futuras.
La verdadera fortaleza del orden internacional no reside en su perfección, sino en su capacidad de resiliencia. Cada acto de fuerza desmedida siembra la determinación para construir barreras más altas. El invierno puede ser crudo, pero es en el frío donde se templa la convicción. La dignidad de los pueblos, una vez desafiada de forma tan flagrante, encuentra una claridad y un propósito nuevos. El año que comienza con un acto de fuerza terminará, inevitablemente, definido por la respuesta colectiva a ese acto. La última palabra no debe tenerla el Leviatán, sino la constelación de voces que ojalá se alcen para resistir.
Habíamos preparado un primer artículo para recibir el 2026 con brío y optimismo pero la madrugada del 3 de enero nos cambió la perspectiva y nos robó el espacio. Sírvanos la ocasión para desearle que esta vuelta al sol le sorprenda con generosidad más allá de sus más racionales expectativas.
