Durante décadas en México, el micrófono de radio era un instrumento regulado. Para ocuparlo profesionalmente, se requería la licencia de locutor, una cédula profesional que, más allá de ser un mero trámite, simbolizaba un principio fundamental: quien ejerce su voz en un medio de comunicación masiva tiene una responsabilidad ante la sociedad.
La eliminación de este requisito en 2015, bajo el loable argumento de eliminar barreras laborales, abrió sin embargo un debate pendiente: en la era digital, donde todos tenemos un micrófono virtual, ¿abdicamos de la responsabilidad en el altar de la libertad de expresión absoluta?
La desaparición de la licencia de locutor mexicana no fue un hecho aislado, sino un síntoma de una tendencia global. Se entendió que la locución no era una actividad de riesgo para la salud pública, como la medicina o la ingeniería. Sin embargo, esta visión pasa por alto el riesgo que sí representa para la salud social: la del tejido de la verdad y el debate público.
Aquel requisito, con todos sus defectos, establecía un filtro mínimo de competencia en dicción, ortografía y ética profesional. Era un recordatorio institucional de que el derecho a informar y entretener conlleva un deber.
Este vacío de formación y certificación contrasta con medidas que están tomando otras naciones para enfrentar los desafíos de la desinformación.
En China, por ejemplo, se ha implementado una política que exige a los influencers y creadores de contenido que hablan sobre temas especializados como medicina, derecho o finanzas, acreditar sus conocimientos profesionales o títulos universitarios. El objetivo es claro: proteger al público de consejos mal fundamentados que pueden tener consecuencias graves, desde fraudes financieros hasta tratamientos de salud peligrosos. No se coarta la libertad de expresión, sino que se contextualiza: tu libertad para opinar sobre fútbol es total, pero tu libertad para dar asesoría legal sin ser abogado, no.
No se trata de abogar por una reglamentación estricta y generalizada de todos los voceros en internet —tan inviable como indeseable—, sino de rescatar y personalizar el principio de responsabilidad que aquella licencia representaba. Hoy, cualquier persona con un smartphone y carisma puede construir una audiencia de millones.
Desde allí, puede difundir teorías conspirativas sin evidencia, promover odio contra minorías, o dar consejos de inversión basados en simples especulaciones. La consecuencia es un ecosistema intoxicado, un mercado de las ideas donde la veracidad ha dejado de ser la moneda de cambio.
En la era de la postverdad, donde los sentimientos y las creencias pesan más que los hechos objetivos, quienes tenemos voz —ya sea en una estación de radio tradicional, un pódcast o un perfil de TikTok— debemos autoimponernos una “licencia de responsabilidad”. Esta no se obtiene en una secretaría de gobierno, sino en la conciencia individual y el compromiso con la audiencia.
Esta “licencia ética” debería contener al menos tres módulos fundamentales:
Verificación: el compromiso de contrastar la información antes de compartirla. En un mundo de titulares virales, la paciencia para verificar es un acto “revolucionario” de respeto al público.
Transparencia: reconocer cuándo se opina y cuándo se informa con base en datos. Ser claro sobre posibles conflictos de interés y admitir los errores cuando ocurran.
Respeto: entender que la libertad de expresión termina donde comienza la dignidad del otro. La crítica es válida y necesaria; la descalificación y el discurso de odio, no.
La libertad de expresión es un pilar democrático irrenunciable. Pero su fortaleza no depende solo de que no haya leyes que la restrinjan, sino de que existan ciudadanos y comunicadores que la ejerzan con integridad. La licencia de locutor física ya no es requisito, pero su espíritu es más necesario que nunca. La verdadera libertad no es decir lo que se quiera, sino tener la sabiduría para elegir qué decir y la responsabilidad de asumir sus consecuencias. En el gran auditorio global, es hora de que nos exijamos, a nosotros mismos, ser voces dignas de ser escuchadas.
