¿Qué tienen en común figuras como Peter Thiel, Donald Trump, Elon Musk, Ricardo Salinas Pliego, el PAN “relanzado” o Vox en España? A primera vista, podrían parecer representantes de un espectro político diverso. Sin embargo, un hilo conductor los une: el conveniente y poderoso cruce entre una ideología de derecha o ultraderecha y la defensa de grandes fortunas. Se trata de un proyecto de conducción política al servicio de intereses particulares, todo envasado en el noble nombre de “Dios”, “Patria”, “Familia” y, su favorito, “Libertad”.
Este fenómeno no es nuevo. La historia está plagada de ejemplos donde consignas elevadas esconden agendas menos loables. Un caso emblemático se remonta a los caudillos del Álamo en Texas, como Austin, Houston o Crockett. Arengaban sobre la libertad y la independencia de México, pero uno de sus motivos de fondo era que México había proscrito la esclavitud décadas antes.
Aquellos colonos, provenientes en su mayoría del sur esclavista de Estados Unidos, anhelaban, en realidad, la “libertad” para seguir poseyendo esclavos. La bandera de la libertad enarbolada para proteger un sistema de opresión.
Algo análogo sucede en nuestros días. Para entenderlo, es útil acudir al concepto de ideología que Norberto Bobbio plasmó en su diccionario de política: un conjunto de ideas y representaciones consideradas verdaderas por un grupo social, que no solo interpretan el mundo, sino que ofrecen un programa político y cultural para asignar el poder y definir sus fines. La ideología, en su esencia, es una brújula de acción colectiva.
El problema surge cuando esta brújula es secuestrada. Las oligarquías y los grandes capitales han perfeccionado el arte de instrumentalizar ideologías para sus fines.
Los conceptos de “libertad” y “libre mercado” se vacían de contenido filosófico para convertirse en escudos retóricos contra la regulación, los impuestos progresivos o cualquier política que consideren una amenaza a su riqueza y posición dominante. La “patria” se invoca para justificar un nacionalismo excluyente que beneficia a una élite, mientras se cierran las fronteras a las personas.
La “familia tradicional” se erige como bastión cultural para movilizar a las bases, mientras las políticas económicas que se promueven profundizan la desigualdad que más afecta a las familias trabajadoras. Este populismo oligárquico, como bien lo define el sociólogo Gøsta Esping-Andersen, moviliza el malestar social canalizándolo hacia chivos expiatorios (migrantes, «globalistas», élites culturales), desviando así la atención de las verdaderas causas estructurales de la inequidad.
Los fines reales distan mucho de la pureza ideológica que pregonan. No se trata de una mera coincidencia de valores, sino de una alianza estratégica. Las fortunas financian think tanks, medios de comunicación y campañas políticas que difunden y normalizan un discurso que, en última instancia, sirve a sus intereses.
La ideología se corrompe, transformándose en un producto de marketing para un proyecto de poder que prioriza la concentración de la riqueza y la perpetuación de los privilegios.
Se crea así una simbiosis donde los políticos obtienen poder y los magnates conservan y amplían su influencia económica, todo bajo el manto de una guerra cultural.
Es crucial desentrañar este mecanismo. No para negar la legitimidad de las posturas conservadoras o liberales, sino para evidenciar la brecha entre el mensaje público y los intereses privados que lo patrocinan.
La advertencia es clara: al estar de acuerdo con estas figuras y servir de “carne de cañón” a sus causas, es vital preguntarse quién sale realmente beneficiado. La batalla no es solo de ideas, sino de intereses. Y en este juego, para que no nos vendan gato por liebre, la primera trinchera es la lucidez: distinguir cuándo la libertad que defienden es la de todos y cuándo es, como en el Álamo, la libertad de oprimir.
