Una responsabilidad de todos
En las últimas décadas hemos presenciado una verdadera explosión del término patrimonio. Lo escuchamos en discursos, campañas y conversaciones cotidianas, incluso en boca de quienes antes no solían interesarse en él, como empresarios o políticos. Pero, ¿qué es realmente el patrimonio?
Cuando pensamos en patrimonio cultural, solemos imaginar edificios y monumentos, pero su alcance es más amplio. Es un concepto polisémico donde se entretejen memorias, saberes, paisajes y evocaciones; aquello que consideramos valioso y digno de conservar para las generaciones futuras.
Académicamente puede definirse como el conjunto de bienes muebles, inmuebles e inmateriales heredados del pasado que merecen protección como parte de nuestras señas de identidad. Esta definición es insuficiente: el patrimonio no existe por sí mismo, lo construimos socialmente al decidir qué conservar y qué olvidar.
No todo lo antiguo o bello es patrimonio, y su valor cambia con el tiempo. El patrimonio abarca tanto lo tangible —monumentos, calles, documentos, objetos— como lo intangible —lenguas, saberes, oficios, música, gastronomía, fiestas—.
Su significado proviene del valor simbólico que las comunidades le otorgan. De ahí surgen preguntas esenciales: ¿quién decide qué se conserva? ¿Qué queda fuera de la memoria oficial?, ¿y qué significa realmente “recuperar” el patrimonio? Las respuestas son múltiples.
Para algunos, el valor patrimonial radica en la belleza artística; para otros, en su historia o potencial turístico y económico. Un mismo edificio puede ser para unos un punto de encuentro cargado de recuerdos y para otros, una oportunidad de inversión. Estas miradas diversas conviven, no siempre sin tensiones.
En Zacatecas, esta pluralidad se manifiesta día a día. Su Centro Histórico, inscrito en 1993 en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, es ejemplo de esa complejidad. El proceso, encabezado por los arquitectos Raúl Toledo Farías y Salvador Díaz Berrio, culminó en Cartagena, Colombia, tras años de trabajo “con recursos modestísimos”.
La declaratoria reconoció a Zacatecas como una ciudad minera del siglo 16 excepcionalmente conservada y representativa de la cultura mexicana (criterios ii y iv). En 2010, la UNESCO inscribió el antiguo Camino Real de Tierra Adentro como Itinerario Cultural, incluyendo numerosos sitios zacatecanos: templos, capillas, haciendas y vestigios arqueológicos.
Esta distinción resaltó no solo el valor material de la ruta, sino su dimensión intangible: las ideas, oficios, costumbres y sabores que circularon durante siglos. La devoción al Santo Niño de Atocha, por ejemplo, testimonia cómo las creencias viajaron y echaron raíces a lo largo del Camino.
Más recientemente, en junio de 2025, Zacatecas obtuvo la esperada declaratoria de Zona de Monumentos Históricos. Poco después, la Ruta Wixárika fue inscrita como Patrimonio Mundial, abarcando seis sitios sagrados.
A ello se suman las declaratorias de patrimonio inmaterial que resguardan fiestas y tradiciones locales: la Procesión del Silencio, las Morismas de Bracho, la Fiesta de los Faroles en Pinos, el Xúchitl en Juchipila, la Fiesta de San Sebastián en Nochistlán de Mejía y la Banda Sinfónica del Estado, entre otras expresiones vivas del patrimonio zacatecano.
También forman parte de esta riqueza los museos y sus colecciones artísticas e históricas, los barrios tradicionales con sus prácticas comunitarias —como el juego de pelota vasca en El Rebote—, y las fiestas donde persisten “la reliquia” y la Danza de los Matlachines. Todo ello configura un mosaico cultural en permanente transformación.
Gestionar este patrimonio diverso exige comprender que su conservación no puede limitarse a la restauración física. Requiere reconocer a las comunidades como protagonistas vivas, depositarias de los saberes, tradiciones y significados que dan sentido a los bienes culturales. Sin la participación social, la gestión patrimonial pierde su esencia.
Por ello, es indispensable promover políticas públicas incluyentes y procesos participativos que integren a habitantes, autoridades, expertos, empresarios y visitantes. El patrimonio no debe verse solo como un recurso turístico o económico, sino como una fuente de identidad compartida y un bien común que nos cohesiona como sociedad.
El patrimonio zacatecano es, en suma, una responsabilidad colectiva. Su futuro dependerá de la conciencia con la que actuemos hoy. Protegerlo no significa congelarlo, sino mantenerlo vivo, dialogando con el presente y sirviendo como motor de identidad, memoria y desarrollo sostenible. Solo así aseguraremos que el patrimonio no sea una reliquia del pasado, sino un legado dinámico que inspire a las generaciones futuras.
*Maestra en Estética y Arte
