El descenso de Alicia
Mientras Alicia perseguía al conejo cayó en un pozo tan profundo que tuvo tiempo suficiente para ver todo lo que estaba a su alrededor. Primero vio muchas bardas pintadas con propaganda política o algo así. Había nombres de personas escritos con cierto color que pretendía dar a conocer sus maquiavélicas intenciones a futuro, no fuera siendo que llegaran a convertirse en grandes autoridades democráticamente elegidas y la gente que caía en ese hoyo desconociera sus nombres.
Después, Alicia observó muchos diplomas, títulos y certificados colgados en la pared. Algunas personas competían entre sí para saber quien era menos tonto y se ayudaban con posgrados y múltiples herramientas oficiales y educativas, para demostrarle su destacada inteligencia a quienes por casualidad descendieran al hoyo. Que difícil es convencer a otros de que una no es boba, Alicia pensó.
A la mitad de su caída, Alicia se encontró con una botella de suero que tenía cuatro sellos de advertencia junto a la palabra ¡BÉBEME!. Contenía mucha azúcar, cafeína, sodio y edulcorantes artificiales que poco bien le hacían al cuerpo. Sin embargo, la bebió. Estaba tan acostumbrada a lo extraordinario que no iba a dejar pasar la oportunidad de envenenarse voluntariamente un poco, a pesar, por supuesto, de lo advertido.
Había pasado tanto tiempo desde que empezó a caer que se sintió un poco más vieja que al comienzo. Las caídas suelen durar muy poco, nadie me lo va a creer, pensó y quiso publicarlo en sus redes para recibir muchos likes pero no tenía buena señal. Que raro se siente lo extraordinario sin testigos, tendría que seguir cayendo sin que nadie se enterara.
Alicia no recordaba la última vez que había vivido algo sólo para ella misma, tenía tantos amigos que siempre la acompañaban a todos lados a través del celular que era muy raro sentirse sola.
Alicia creyó que podía salir al otro lado del mundo, quizás saliera ahí donde decían que había muchas guerras por cuestiones religiosas y la gente comía gatos. Había leído en las noticias que medio oriente había sido apoyado por América del Norte para ser un lugar más democrático y civilizado, lo de menos eran los efectos colaterales que surgieran de aquel benéfico apoyo. Quizás saliera en París, en Suecia o en alguno de esos lugares que todavía no celebran Halloween o acción de gracias como en el resto del mundo.
Cerca del final de su trayecto, Alicia pensó en lo relativo que resultan las alturas. Podría estar cayendo hacia arriba, se dijo mientras su velocidad disminuía poco a poco y lamentó no haber puesto más atención a sus clases de física por creer que no servían de nada. Irónicamente, a Alicia le gustaban mucho las clases de arte porque sus padres siempre decían precisamente que no le iban a servir de mucho. En sus lecciones aprendió que se podía escribir sobre cualquier cosa e inventar realidades fantásticas muy locas.
Alicia por fin cayó en un montículo de hojas con aspecto y olor bastante agradable. No sufrió daño alguno gracias a la suavidad que amortiguó su descenso y a lo lejos observó al mismo conejo que la había llevado a aquel destino. Ahora cómo salgo de aquí, se preguntó y se dispuso a seguir al animalejo que parecía saber a donde iba. Una pequeña puerta prometía una salida de emergencia. Al otro lado descansaba una realidad casi tan desconocida como eso que llaman destino.
Quién se pone a perseguir conejos estos días que tantas cosas más productivas hay por hacer, Alicia sentenció. Al otro lado de la puerta estaba una habitación en la que alguien escribía algo muy importante, una especie de oficina de esas en las que se resuelve o se complica todo. Alicia saludó y preguntó qué se hacía ahí, aquí ponemos puntos finales, respondió el entrevistado y para demostrárselo a Alicia, después de aquel gran descenso puso este.
