Relacionarse a través de la muerte
No suelo considerar que el ejercicio de la literatura esté subordinado a otras jerarquías de la cultura, el destino o la vida. Según este juicio, la lectura no nos cura el alma, al menos no per se; ni está ahí para abstraernos de la realidad; tampoco parece ser una fuerza que transforme las realidades sociales. No niego que sobre este último ‘uso’ existen esfuerzos por parte de otros lectores, individuales o colectivos, aunque dudo de las formas de anular al individuo en la construcción que sugieren, a pesar de lo bienintencionados que algunos puedan parecer.
Sí considero, en cambio, que la lectura constante concede al lector una capacidad de autoexploración que puede redundar en el autoconocimiento, tanto individual como colectivo. Estas reflexiones en ocasiones nos llevan a pensar en ese efecto de ‘curación’ espiritual. A veces, incluso, puede parecer que otras fuerzas supraterrenales hacen coincidir al lector con un libro adecuado para la ocasión, pero yo estimo que es resultado de la persistencia en la lectura. Esta breve digresión no es más que parte de mi experiencia como lector, en la que he encontrado esas diversas atribuciones para el hecho literario.
Una manifestación constante en la vida, inasible cuando nos golpea, es la muerte. Cuando está frente a nosotros buscamos formas de consuelo donde otras veces la hemos encontrado —al decir frente a nosotros quiero referir la muerte de un ser cercano, cuya existencia marcó nuestra vida y ante cuya ausencia cambiará la forma de relacionarnos con el mundo—. No importa mucho si se presenta repentina o si llega de la mano de las prolongadas agonías de una enfermedad, al final es un arrebato. De manera simultánea, como señalé antes para la lectura, nos lleva a reflexionar sobre nuestra propia existencia y la de aquel que murió; buscamos entender la muerte pero volvemos siempre a la vida, entenderla o, acaso, reflexionarla.
En La invención de la soledad, Paul Auster (Nueva York, 1947-2024) inicia su propio ejercicio de esta manera, a propósito del fallecimiento de su padre: “Podemos aceptar con resignación la muerte que sobreviene después de una larga enfermedad, e incluso la accidental podemos achacarla al destino; pero cuando un hombre muere sin causa aparente, cuando un hombre muere simplemente porque es un hombre, nos acerca tanto a la frontera invisible entre la vida y la muerte que no sabemos de qué lado nos encontramos”.
Esa reflexión pronto se torna en confesión, al develar el narrador la personalidad de su padre y dar a conocer que el ejercicio frente a nuestros ojos es una búsqueda, un intento por recuperar, por entender, a quien fue su progenitor. Así, divide el volumen en dos partes: la primera, “Retrato de un hombre invisible”, en la que presenta la historia de vida y sucesos que explicarían al padre; y la segunda, “Libro de la Memoria”, en la que narra otras presencias en su vida, incluso remotas y abstractas, y cómo estas se acercan y se vuelven concretas en la experiencia individual. El beisbol es una de ellas: cómo entender el juego, su evolución, las relaciones que tiene, que trae, la historia, es decir, el gusto por ese deporte desde el contexto social y familiar. También está mediada la segunda parte por la literatura —lectura y escritura— como parte de la formación del individuo que era Paul Auster.
Este ejercicio de autobiografía marca el inicio de la carrera como autor de Auster. Busca o, según las pistas que va dejando como semillas, intenta retrasar la partida del padre, para lo cual crea un diálogo silencioso, sostenido por los rastros de la memoria que encuentra como investigador. Es, también, un pacto con el lector y, más todavía, un pacto con él mismo como escritor, como un espejo que llevaría siempre en el saco. Su lectura, en las circunstancias del duelo, ayuda también a sobrellevarlo, a tratar de entenderse a uno mismo en lo que se vislumbra un nuevo mundo.
