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    Opinión Por Israel Álvarez

    EL SUEÑO DE LA RAZÓN

    8 de junio de 2025No hay comentarios4 Minutos de lectura
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    Juzgadores juzgados

     

    Érase una vez un pueblo normal en el que a todos les encantaba determinar si lo que hacían los otros estaba bien o estaba mal. Todos tenían sus propios parámetros que no solían ser muy diferentes entre sí y a veces iban heredando o adquiriendo con el tiempo hasta consolidar un juicio más o menos propio que servía para cualquier ocasión.

    La medida principal era no ser demasiado diferente a lo que habían aprendido que era normal, de modo que lo que salía de esos estándares era inmediatamente reprobado. No hacía falta ser especial para juzgar, pero cuanto más normal se era, mejor se podía hacer.

    Los pobladores de dicho lugar inventaron formas para poder hacer sus juicios permanentemente en cualquier lugar y a cualquier hora del día, algo así como un juicio universal, aunque solo fuera entre ellos. A lo que estaba bien nomás a veces le llamaron moral, mientras que a lo que debía estar bien siempre, aunque nadie lo cumpliera, le dijeron ética.

    La educación podía basarse en cualquiera de esas dos opciones disponibles siempre y cuando hubiera otros que calificaran a los calificantes, porque para que alguien sienta que lo está haciendo bien debe de haber al menos otro alguien que se lo haga creer.

    Los juicios podían basarse en números, letras, atmósferas inventadas o hasta en otros planos místicos. Al lugar para los buenos le llamaron cielo, mientras que los malhechores tenían su eterno destino asegurado en lo que nombraron infierno.

    Los que no acataban las reglas de la normalidad en turno se llamaban delincuentes, locos o pecadores y eran reprobados públicamente por los juzgadores que sí calificaban de normales. A los primeros y a los segundos se los encerraban para no andarlos viendo tanto ni tan seguido porque no fuera siendo contagioso eso de tomar decisiones anormales en la vida. Los últimos, en todo caso, tenían todavía chance de arrepentirse mientras vivieran.

    Los pobladores iban aprendiendo desde pequeños a juzgar y a ser juzgados. Los más normales, aquellos que sí hacían todo como sus maestros juzgadores les decían, se ganaban estrellitas en la frente y un número cercano al 10 en un papel firmado por los que ya habían aprendido cómo se debía de ser.

    A los que no, los anormales, se les reprobaba y se les hacía repetir muchas veces lo que habían hecho mal, a ver si así escarmentaban. Reportes de mala conducta, promedios menores y, en general, ausencia de estrellitas en la frente les esperaba a los que no acataban la instrucción de los objetivos maestros juzgadores que enseñaban cómo hacer las cosas bien.

    Todo parecía funcionar más o menos bien en aquel juicioso pueblo. El problema comenzó cuando los delincuentes, los locos y los pecadores fueron demasiados y aquel pequeño lugar comenzó a llenarse de anormales malhechores. Los malandros pecadores dejaron de temerle al infierno, a los reprobatorios cincos y a las cadenas perpetuas.

    Entonces, como medida desesperada se prohibió reprobar a los pequeños y ponerles más estrellitas en la frente a ver si así se reducía el índice de anormalidad. Sin embargo, no funcionó. Se tuvo entonces que recurrir a juzgadores profesionales para determinar lo que estaba bien o mal sin temor a equivocarse.

    El problema empeoró cuando se consultó a alguien de afuera del pueblo, extranjeros de otras normalidades que determinaron como malas las formas de juzgar en aquel lugar. Los reprobadores salieron reprobados. En general, los rígidos parámetros heredados o adquiridos no superaron la evaluación de los nuevos juzgadores que, supuestamente, sabían mejor cómo debía hacerse.

    Ahora parecía que el infierno, las cárceles o los psiquiátricos resultaban demasiado pequeños para que cupiera entero el pueblo que no sabía cómo determinar si lo que hacían los otros estaba bien o estaba mal.

    La solución fue dudar de todo, incluyendo a los pretenciosos extranjeros y hacer como si nomás entre ellos, entre los normales, se pudiera privatizar la razón. Poco a poco la normalidad volvió a ser local y comenzó a restablecerse.

    Todos volvieron a poder calificar adecuadamente porque solo entre ellos tenían claro lo que estaba bien y lo que no, no como los foráneos, delincuentes, locos o pecadores que nomás no entendían la mentada ética o la moral. Y así, con cárceles más amplias, infiernos remodelados, nuevos diagnósticos mentales sobre lo anormal y fronteras más cuidadas el pueblo volvió a su preciada normalidad. Fin.

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