La imagen en los tiempos de la IA
En los últimos días la marea de imágenes al estilo de los Studios Ghibli inundó las redes sociales: ya fuera que viera a sus amistades o familiares representados al más puro estilo de Mi vecino Totoro o que usted mismo sucumbiera a la tentación, como yo misma, sabrá de lo que estoy hablando.
Sin embargo, como quizás también ya lo sabe, el tema generó polémicas y hasta discordia, porque Goro Miyazaki, hijo del director creativo del famoso estudio japonés de animación, Hayao Miyazaki, se pronunció al respecto al poner sobre la mesa temas como los derechos de autor y el plagio, así como la pérdida de autenticidad de un producto creativo que requirió de una inversión intelectual y artística irrepetible.
Cabe mencionar que no es la primera vez que se copia el “alma creativa” de un artista para generar algo totalmente nuevo a través de una IA. En 2016, un grupo de historiadores, científicos e ingenieros auspiciados por un banco, recrearon a través de una Inteligencia Artificial (IA) el estilo característico del famoso pintor del barroco neerlandés, Rembrandt Van Rijn.
El resultado fue un retrato de un hombre barbado con la paleta de colores y la expresividad que solo Rembrandt podía lograr (o al menos muy similar de lo que hubiera logrado). La diferencia, es que el artista nunca realizó el cuadro, sino que fue una computadora la que recopiló, a través de un software de reconocimiento facial, información de más de 326 obras del artista para crear una nueva.
Los titulares del proyecto aseguraron que el ejercicio solo tenía la intención de “abrir la charla entre el arte y los algoritmos” (la nota completa puede encontrarla en CNN “Computadora pinta un Rembrandt: ¿nuevo paso hacia la inteligencia artificial?) y que “solo un Rembrandt podría crear un Rembrandt”. Imposible que el pintor o sus herederos se quejaran al respecto.
Los derechos de autor estaban fuera de la discusión porque la distancia temporal los desdibujó por completo al ser un bien patrimonial, un bien que nos pertenece a todos como humanidad. Y al ser patrimonio, parece que puede ser reproducible como otras pinturas famosas que vemos estampadas en playeras, tazas, libretas, en cafés y hasta en nuestros hogares.
¿Qué decir entonces de esta práctica tan culposamente agradable de vernos convertidos en una animación japonesa? El derecho internacional afirma que toda obra creada por la mente y considerada como original, es propiedad del autor y están protegidas por la legislación actual. Aquí entran obras artísticas, literarias, símbolos, nombres, imágenes, modelos y dibujos, como los de Miyazaki. Luego están los derechos de autor, los cuales tienen el objetivo de proteger una obra de relevancia artística sin que tenga que mediar ninguna formalidad (como un registro o patente), nuevamente como el caso que nos ocupa. El derecho de autor fue establecido a finales del siglo 19 en el llamado Convenio de Berna, suscrito por diversos países en los años sucesivos.
El mencionado convenio distingue entre los derechos morales y los patrimoniales, en la que los primeros velan por el reconocimiento de la autoría y la imposibilidad de modificar esta obra sin el consentimiento del autor, mientras que los patrimoniales distinguen a quienes tienen derecho o no para reproducir una obra y hacer otras derivadas de la misma.
Es así que, si nos atenemos a la ley, evidentemente los responsables detrás de las IA generativas están infringiéndola.
Pero aquí parece haber otro problema subyacente; en la era de lo digital y de una reproductibilidad técnica exacerbada (usando las palabras de Walter Benjamin) ¿dónde queda la línea entre propiedad intelectual y bien común?
Los bienes digitales han modificado las formas de existencia de la cultura y eso es algo que ya se ha discutido en ambientes académicos con bastante seriedad. Mientras se resuelve esa disyuntiva, el balón queda en la cancha de los usuarios, de usted y yo, que no solo generamos nuestra imagen, sino que también en ocasiones solicitamos a Chat GPT otras tareas que parecieran ser igual de nocivas como hacer una tarea, un ensayo o hasta la tesis. ¿Quién entonces es el verdadero culpable? Usted, como siempre, tendrá la mejor opinión.
