La vida real según un viejo televisor
Rebeldes. Miles de adultos cuarentones en un concierto cantan al unísono: “Y soy rebelde, porque no sigo a los demás” mientras visten una especie de uniforme que consta de un saco, camisa blanca y corbata roja. Todos lucen muy parecidos.
De eso se trata, de identificarse con los que dicen que no se identifican con nadie. Están eufóricos porque un grupo de actrices, actores y cantantes, sus ídolos, corean las canciones que presentaron hace 20 años en una telenovela juvenil. El tiempo ha pasado por todos aquellos, ahora señores, que pretenden representar a unos colegiales.
Las melodías no solo les recuerda la telenovela, sino también, lo que vivían por aquellos días, sus pistas de fondo personales. Recuerdan, que eran épocas felices, aunque no lo supieran. Conflictos cotidianos, problemas comunes entre los jóvenes, la producción se vuelve un éxito porque representa una sociedad elitista desde un punto de vista fresco, romántico e ingenuo. Quizás así sea la vida o, en todo caso, tal vez así debería de serlo.
MARÍAS
El nombre femenino más común. Mujer joven, guapa, sincera y de buen corazón. Siempre le toca la mala suerte de nacer pobre aunado a lo anterior, pero eso no compromete sus buenos sentimientos. Trama digerible porque es la historia de todas, algunas veces en la ciudad, otras en la costa o en el barrio. El mismo relato con mínimas variaciones, casi como en la vida real.
Un hombre guapo, rico, inteligente y atractivo llega a complicarlo todo, a sazonarlo todo. La abnegación de María resuelve los azares de su accidentado destino. El personaje se llama igual que la patrona de México, igual de popular, igual de buena.
Tiene que sufrir mucho porque es el requisito de las historias para merecer finales felices. Lágrimas constantes y un lenguaje cotidiano crean empatía con la siempre pobre María y la tragedia que la acompaña. Los otros, los malos, los ricachones, siempre terminan por recibir su merecido. María resulta triunfante, se transforma, se enriquece, evoluciona después de tanto sufrimiento, asciende. Quizás así sea la vida o, en todo caso, tal vez así debería de serlo.
LA FEA
Una secretaria se enamora de su jefe, pero nunca ha puesto demasiada atención a su apariencia. Es inteligente, sincera, de buen corazón y muy trabajadora. Es una mujer fiel a las buenas costumbres.
El tipo, un hombre exitoso, empresario, guapo, trabajador, de buenos modales, pero demasiado ocupado para fijarse en secretarias sin tanto maquillaje. Exquisitos estereotipos de género. En ese ficticio mundo los hombres son menos sentimentales y las mujeres siempre guapas, aunque sea en secreto.
El galán reúne lo necesario, es inteligente, ambicioso, carismático, con liderazgo. Puede ver más allá de la belleza física, puede identificar un buen corazón. La secretaria se transforma, su hermosura todo el tiempo estuvo escondida detrás de unos lentes feos, de un corte de pelo anticuado y un recatado vestir.
Por fin, además de exitosa, es toda una belleza liberada, aunque, lo que importe en realidad, son los sentimientos, ésa es la lección. La belleza es innecesaria, pero es mejor tenerla cerca. Quizás así sea la vida o, en todo caso, tal vez así debería de serlo.
LOS DESGRACIADOS
Un programa de entrevistas. Hay un panel y un problema común. La presentadora modera e introduce a los personajes que lucen como los que no salen en televisión. A veces las cosas quieren salirse de control, pero para eso está la moderadora y un par de guaruras detrás para contener los aventones.
El tema siempre se somete a discusión, al escrutinio público. La gente en casa opina, aporta, reflexiona qué haría en esos casos, genera conversaciones sobre esos temas prestados, sugeridos, impuestos.
Afortunadamente, en el programa siempre hay expertos, psicólogos, tanatólogos, terapeutas, abogados, médicos, todos de esos que suelen tener la razón, no como los otros. Todos opinan y dan sus veredictos sobre qué es lo que se debe de hacer, sobre cómo vivir. 60 minutos de discusiones en torno a problemáticas casi siempre controversiales, a veces casi ridículas, pero siempre, verosímiles.
La polémica hace encender los televisores religiosamente, a la misma hora, casi en cualquier lugar porque de algún lado se tiene que aprender que quizás así sea la vida, o en todo caso, tal vez así debería de serlo.
