La incongruencia política. ¿Tiene costo?
Durante muchas décadas nuestro país vivió sometido al régimen de partido único, en el que la voz preponderante fue la del titular del Poder Ejecutivo Federal, que imperaba por sobre los otros poderes de la Unión, es decir, se erigía superior al Judicial y Legislativo, este último compuesto por ambas cámaras, diputados y senadores; dicho de otra forma, el poder presidencial se imponía a legisladores federales y ministros.
Una de las expresiones que señalaba la particularidad del sistema político mexicano que rigió durante prácticamente la mayor parte del siglo 20 fue la “disciplina de partido”, donde los actores políticos transitaban una parte de su vida pública a través de las estructuras del partido hegemónico y, una vez que eran llamados a ejercer una posición de elección popular, una regla no escrita -que luego se fue depurando a través de los “documentos básicos” de partido político- era la obediencia absoluta a los dictados del Poder Ejecutivo, incluso si éstos arrojaban un viso de contrariedad a su posición en alguno de los sectores del organismo político partidista.
A finales del siglo pasado, particularmente en la ruptura que encabezaron Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, y posteriormente con el advenimiento de alternancias políticas en municipios y estados del país en los años 90, el desprendimiento de actores políticos del partido hegemónico inauguró una práctica política que sigue permeando en el país: la multipertenencia a institutos políticos, o como se ha dicho en el argot político, el “chapulinaje partidista”.
Hoy estás en un partido, mañana estás en otro. Pero para eso, instrumentas un discurso que justifica tus decisiones o acciones.
Hay una frase que se le adjudica a Groucho Marx: “Damas y caballeros, estos son mis principios; si no les gustan, tengo otros”.
Si Usted, estimado lector, hace una búsqueda en internet sobre este personaje y sus frases, podrá encontrar lo siguiente: “Una leyenda urbana atribuye a Groucho Marx la frase “Éstos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros”.
En realidad, apareció en un periódico de Nueva Zelanda en 1873, en la forma “Éstos son mis principios, pero si no les gustan, yo los cambio”. La atribución de la cita a Groucho se publicó por primera vez en el Legal Times en 1983, algunos años después de su fallecimiento. En cualquier caso, con esta fórmula se describe al político que acomoda su discurso para decir lo que el público quiere oír”.
Por otro lado, en otra búsqueda similar en la web, se señala sobre la frase que “Una de las frases más icónicas y conocidas de su personaje refleja la hipocresía y la volubilidad de las creencias y valores de la gente, que cambia de parecer y de principios según le beneficien más o menos”.
La frase reflejaban la capacidad camaleónica de actores políticos en un pragmatismo puro o, dicho coloquialmente, acomodarse según las circunstancias, a veces sin congruencia.
Con eso en consideración, es muy posible que Usted se haya dado cuenta de algunos episodios en el Poder Legislativo Federal que han aparecido en medios públicos señalando la incongruencia de discurso y de hecho de varios personajes de partido, a juicio de muchos.
Eso implica una crítica amplia y abierta a la forma en que se toman decisiones al seno de ambas cámaras del Congreso que dejan la estela y el registro histórico de acciones que ponen en tela de juicio cambios en el sistema político, además de que evidencian un malabarismo obsceno por justificar lo injustificable, o bien, defender lo que parece indefendible y que pone en la mesa del debate la incongruencia política.
Sin embargo, desafortunadamente pareciera que las luchas por los derechos de distintas expresiones sociales, la propia alternancia política o la consolidación de preferencias políticas, más que abrir espacios para debates y distensión de perspectivas conservadoras, han permeado en regresar a un esquema de unilateralismo totalitario, arrasador, donde las mayorías aplastantes colocan grandes diques a la discusión de temas sensibles y apuestan al paso del tiempo para que todo quede en el olvido y, posteriormente, echar a andar maquinarias electorales alrededor de impresentables.
Así que, hoy por hoy, parece que la incongruencia política no tiene costo. El ejercicio del voto legislativo deja huella, pero no cobra la factura.
Hoy puedes ser y aparecer como el más cínico de los personajes políticos, pero los espacios de decisión te reconocen como un verdadero operador político. Como sea, vivimos momentos en que la sensibilidad social choca con la arrogancia partidista y, como en otros tiempos, los espacios de discusión no existen.
Y lo que es peor, no hay oposición progresista, productiva y sólida. ¿O Usted, qué alternativa ve?
*Doctor en Ciencias Políticas y Sociales con orientación en Administración Pública, UNAM
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