GUADALAJARA. Que el miedo te tenga miedo, pareciera ser la frase de batalla de Diego San Román, quien se encumbró este domingo en la plaza Nuevo Progreso, donde cortó tres orejas para salir a hombros.
San Román triunfó y convenció en un duelo prometedor con Andrés Roca Rey, quien cortó una oreja de gran peso. Qué bocanada de aire puro fue el anuncio de su participación y saber que la afición respondió al llamado.
La Puerta Grande llegó para un queretano que cautivó y convenció con ese valor que atesora.
Una faena de maestría fue la que dejó Octavio García El Payo con el cuarto de la tarde, al que le cortó una oreja.
La afición correspondió a la expectación generada por este cartel en los tendidos, pues se registró una buena entrada en el coso tapatío con más de tres cuartos.
LA MAESTRÍA DE EL PAYO
Vinicultor, de 480 kilos, de la ganadería de Villa Carmela, el ejemplar que abrió plaza, tocando en suerte a Octavio García, fue un animal muy justo de presencia y que fue protestado solo por un sector del público.
El astado hizo cosas muy inciertas, saliendo muy suelto del encuentro con el caballo, desentendido por completo también de los capotes.
En la cercanía de tablas comenzó con su faena de muleta, pero el de Villa Carmela acusó de inmediato la debilidad, perdiendo las patas y embistiendo sin la menor transmisión.
Se debe reconocer que el queretano solventó con firmeza su actuación, ayudando al burel a media altura y sin obligarle. Fueron buenos algunos muletazos aislados; sin embargo, debido a las condiciones del ejemplar resultó complicado ir a más.
El Payo estuvo muy pesado con la espada, apostando por tirarse muy abajo. Escuchó un aviso y dividió las opiniones.
El cuarto de la tarde, Bodeguero, de 515 kilos, fue el segundo del lote de Octavio García, quien se asentó con el capote, toreando por verónicas.
En la muleta, el queretano consiguió muletazos muy templados bajo su concepto de lidia clásica, al ejemplar de Villa Carmela le faltó la fuerza, pues se apagó muy pronto.
A pesar de ello, no cesó el torero en buscarle, consiguiendo que sobresaliera el buen empaque por ambos pitones.
En la cercanía de tablas sacó agua de un pozo y con determinación sacó los muletazos, acortó las distancias y, de uno en uno, consiguió cuajar las notas finales.
El torero le obligó con mucho mando, saliendo de su línea pero siempre bajo su profesionalismo. Mató de buena estocada y el astado rodó sin puntilla. Cortó una oreja
ROTUNDO TOREO DE ROCA REY
El segundo de la tarde, Barriquero, de 485 kilos, fue recibido por Andrés Roca Rey con lances a pies juntos que tuvieron mucho lucimiento.
Un brindis cargado de emoción fue el que hizo el peruano a toda la afición tapatía, que se volcó en los tendidos para verle.
Muletazos por lo bajo marcaron el comienzo de su faena y el de Villa Carmela tuvo nobleza y calidad. De esta manera, Roca Rey encontró la viabilidad para construir series muy templadas. La profundidad en el trazo marcaron ese empaque tan suyo.
Hizo un cambio de mano a cámara lenta para dar paso a los naturales bajo el sello del temple. Pero tuvo que reponerse, pues al final el astado ya protestaba. Fue de uno en uno que se prodigó con mucho mando.
Con este tipo de ejemplares tiene que funcionar mucho la mente, para saber resolver y no equivocarse. Con ello, Roca Rey vivió un momento donde sobresalió su técnica y poder, pues logró llevar a más la faena con dos series portentosas por el derecho.
El valor descomunal apareció cuando en un palmo de terreno se adornó con cambiados por la espalda para rematar en redondo. No dejó nada en el tintero cuando ligó las dosantinas, temerario y poderoso. Aquí ya todo estaba hecho.
Más de tres cuartos de acero dejó en la Suerte Suprema, doblando el toro muy pronto. Mayoritaria petición para la concesión de una oreja.
Buen Amigo, de Boquilla del Carmen, fue el quinto de la tarde y el segundo del lote del peruano. Un ejemplar serio que embistió con fuerza al caballo del picador Miura, que fue ovacionado tras el buen puyazo.
El astado tuvo nobleza, aunque le faltó transmisión. Roca Rey comenzó de manera vibrante su faena con dos cambiados por la espalda.
Consiguió series con mucho temple por derecho, pero el animal se apagó pronto buscando la huida a las tablas. Ahí se plantó el peruano lleno de firmeza y dio pelea, tratando de hacerse del astado sometiéndolo e imponiéndose con poder. Falló con la espada y se retiró entre palmas.
Giraldés, de 485 kilos, de Xajay, fue el ejemplar de regalo de Andrés Roca Rey que no fue nada fácil. Desde su salida avisó su condición, pues apenas se abría de capa el torero cuando le prendió.
En la faena pendiente siempre de él, con ese peligro latente, sacó lo que pudo el peruano, quien se retiró entre palmas.
TARDE TRIUNFAL DE SAN ROMÁN
Catador, de 455 kilos, tercero de la tarde para un dispuesto y poderoso Diego San Román, quien una vez más apostó el todo por el todo.
En el queretano existe un valor descomunal que hace recorrer las fibras más sensibles, ante una emoción que se transmite. Fue el ejemplar de Villa Carmela una posibilidad para, una vez más, ver a un matador jugársela de tú por tú.
Pues cuando el astado fue a menos, el carácter y pundonor de San Román fueron a más. Con ello reventó de emoción a la afición que quedó cautiva de ese mando, de un torero que se mete entre los pitones y que logra que el miedo tenga miedo.
Su grandeza supera todas las expectativas. El grito de la noche fue “¡torero, torero!”, que retumbó en todas las plazas, pues el alma y el corazón superaron los límites. Pinchazo y espadazo, para cortar sin miramientos una valiosa oreja.
El sexto de la tarde, Enólogo, de 475 kilos, al que Diego San Román esperó de rodillas, para después saludarlo por chicuelinas. Comenzó el queretano doblándose con el animal.
El de Villa Carmela espiaba mucho y se quedaba a medio viaje, pero San Román logró imponerse, rotundo una vez más, con una faena poderosa. El matador se plantó con verdad y sorprendió con un cambio de mano.
Esto era apenas el comienzo de una magistral sinfonía y de la grandeza en una faena tanto con temple como con mando por ambos lados, encumbrándose cuando acompañó por la cintura. Cambios de manos inconmensurables, donde el tiempo fue relativo.
Prendido de fea manera, San Román se puso de rodillas sin mirarse la ropa. Qué manera de torear, derechazos infinitos y tan cerca de los pitones que el miedo se respiraba.
Con ello queda claro que, cuando un torero busca ser, se tiene que dar todo lo que se tiene. Mató de gran estocada y recibió los máximos trofeos.
Fotos: Manolo Briones





