La plataforma de Inteligencia Artificial China DeepSeek parece estar ganando la partida a la norteamericana ChatGPT.
Mientras la app de Estados Unidos comienza a cobrar y a limitar sus funcionalidades, la asiática se mantiene con los brazos abiertos a quien desee usarla.
La Inteligencia Artificial (IA) nos teledirige y, al conocernos, nos modela; se traza una imagen cada vez más exacta de cómo somos y pensamos para luego pasar a moldearnos.
Pero vamos por partes. En el esquema de uso de la IA China ha dado pasos incluso legales para estar presente, mientras Estados Unidos en su unipolaridad, los desdeña. Cuando China atrae a las naciones a consensos como el de Beijing, los Estados Unidos de Trump se alejan de cualquier pacto donde ellos o sus intereses no sean el centro.
Se entiende la preocupación por concentrar el liderazgo mundial. Sin embargo, cada vez es menos posible sostenerlo y menos sin mínimos de vinculación social.
China se apresta para erigirse como el “ogro filantrópico” de las siguientes décadas. “Regala” plataformas, acerca recursos, construye una red de alianzas ante naciones que necesiten de su ayuda y le abona al mediano plazo. Estados Unidos, en cambio, hoy reclama lo que hace años construyó debido a su propia “filantropía”, como el canal de Panamá.
En su lógica puede comprenderse por qué reclama que China esté operando esa obra de infraestructura que fue revolucionaria en su tiempo y fue establecida como un punto estratégico que apoyaría las necesidades logísticas de sus aliados comerciales y políticos.
Cuando cedió el canal al gobierno de Panamá, lo hizo con esas condiciones. No es de extrañarse que la participación de China le sepa a intrusión.
Ahora, Estados Unidos ha perdido el decoro. Siempre supimos que lo movían intereses, expansión y control; también se preocupaba por establecer una narrativa de bienestar en función de sus principales valores, democracia y libertad. El trumpismo, ahora en esteroides, por carecer de incentivos —al menos en apariencia— de reelección, antepone los intereses y solo si queda tiempo deja lo que sobra para los valores.
Tampoco es nuevo, no olvidemos a Condoleezza Rice, la secretaria de Estado de George W. Bush, cuando aludió a una “ilusoria comunidad internacional”. Claro que, comparada con la “diplomacia” trumpiana, Condi es Richelieu.
El norteamericano es un “ogro” que ya no es filantrópico, en gran medida, porque ya no tiene los recursos para serlo; sus niveles de endeudamiento son monstruosos. El asiático puede ser filantrópico porque en estos momentos, si algo le sobra, es dinero.
Parece irrelevante, pero no lo es. A estas alturas su repercusión suena lejana, pero la hora en que pueda llegar a influir nuestra concepción del mundo puede ser más temprano que tarde.
Todo tiene limitaciones vinculadas con el concepto que se tenga, por ejemplo, de libertad. Si se le pregunta a Deep Seek por la represión en la plaza de Tiananmen en 1989, responde con artificial diplomacia, “Lo siento, eso está fuera de mi alcance. Hablemos de otro tema”.
Y entre artificiales intereses y medición de fuerzas globales, estamos nosotros como usuario y casi siempre como producto. No lo olvidemos.
