Políptico de escena postal
En el centro, una mesa ovalada con cosas encima, velas color cereza, copas flacas, platos largos y varios personajes sonrientes sentados alrededor. Por los gestos, una celebración en curso. Un incendio controlado mantiene a los cuerpos lo suficientemente cómodos como para ignorar la ciencia en los pronósticos del clima.
Los colores delimitan las afueras del adentro y un mamífero domesticado adereza un sillón individual jugando a la eternidad. Todos ignoran voluntariamente la existencia del tiempo, aunque sea por un rato. La cena siempre es prescindible, por eso es el mejor momento para pretender ser especial. Sonrisas.
A un lado, la naturaleza representada en un árbol de plástico que siempre será verde, no como los que sí se dejan afectar por los otoños y las colillas de cigarros. Un follaje iluminado parpadea sin necesidad de ser visto como cualquier otra decoración.
Intermitencias programadas por un chip que se hizo en China como el árbol, las velas y alguna civilización que aprendió a domesticarse. Una estrella va hasta arriba, ahí donde debe de ir lo esperanzador e inalcanzable; abajo, una tela adornada con encaje para que esconda la ausencia de raíces. Al PVC no le viene bien la vida. Un par y medio de calcetines cuelgan como esperando recibir cualquier cosa, menos pies. El número en el calendario también es color cereza. Sonrisas.
Abajo, muchas cajas enmoñadas de diferentes colores, medidas y formas similares que esconden las ganas de que dios exista y sea siempre niño para poder cuidarlo bien, así como merecen cuidarse los dioses y quizás como quisieran ser cuidados los que no lo son tanto y sí tienen que dejan de ser niños. Todo lo que se puede regalar es prescindible, por eso es especial.
Una carta con faltas ortográficas menores testimonia un forzoso examen de conciencia y suscribe opciones de premiación según las culpas. Palabras dirigidas al dios niño que esperan que todo lo vea, todo lo sepa y esté en todos lados. Hay que echarle a alguien la culpa por las buenas acciones, aunque sean accidentales y mejor si pueden recompensarse a meses sin intereses. Sonrisas.
Adentro, el gran Michael Bubble cantando algo sobre la nieve y el amor acompañado de una también gran orquesta compuesta por músicos cuyos nombres no es necesario saber. Un solo de trompeta ambienta y conmueve como para ser escuchado una vez al año. La nieve se ve más bonita cuando se usan guantes, gorrito y una chamarra rellena de plumas que nunca sirvieron para volar.
Sonido de cubiertos y copas chocando entre sí, bla bla bla, jajajas y todos con urgencia por contar, poniéndose al día o más bien, a la noche. Escuchando con atención como si toda la puesta en escena fuera verdad. Ésta es la civilización. Toca el turno de Luis Miguel cantándole a su amor que se porte bien porque Santa Claus ya llegó a la ciudad y él lo sabe todo, tal como se espera del dios en pañal. Sonrisas.
Afuera, el silencio y el viento tocan su propia canción acompañados por una sirena de patrulla policial que lleva prendidas luces parpadeantes azul y también cereza. La Luna luce tan ridículamente normal, que dan ganas de olvidarla. Algunas sombras pasan más rápido que la luz para no ser advertidas.
Las casas del barrio tienen la misma forma que las cajas enmoñadas pero contienen menos misterio. No hay necesidad de sustraerse de las casas donde ya se ha domesticado el fuego, las bestias y se puede sonreír apropiadamente. No hay necesidad de enterarse del tiempo. No hay necesidad de vivir sin dios.
Algunas puertas temporalmente abiertas dejan pasar fumadores que aprovechan para repasar la Luna sin prestarle mucha atención como a cualquier otra cosa que decora. Alguien recuerda la ciencia en el pronóstico del clima. Micro incendios controlados al alcance de la boca. Vapor y humo. Inocuas colillas de cigarros en el suelo. Por los gestos, se regresa a la celebración en curso. Puertas cerradas y labios un poco más color cereza. Ahora sí otra vez, sonrisas.
